martes, septiembre 06, 2005

Los tetos y los entrañables bares de la ENEP

Necesitaba hacer este ejercicio después de visitar los barsuchos de la ENEP (ahora FES) hace una par de semanas. En serio los extraño. Los cambios que ocurrieron desde hace una año, aprox, en esos lugares de mala muerte me llenaron de nostalgia. Ya no estaba Aca, Gary o Trasher (clientes frecuentes). No fui para festejar un cumpleaños o para encontrarme casualmente a Oscar. Llevaba un poco más de dinero del que acostumbraba cuando era estudiante pero nisiquiera se me antojaba comprar una chela porque simplemente ya no era lo mismo. De pronto observar desde la barrera a los universitarios me hicieron extrañar esa posición. Ésa, de cierta irresponsabilidad; de clandestinidad porque teníamos que llegar a casa con el menos olor etílico posible; de la clásica coperacha para saldar la cuenta; de los ligues, truenes o reconciliaciones, cuando el alcohol contribuye a esa extraña sinceridad-melancolía-divertimento.
Si enumerara las espléndidas anécdotas que vivi en los lugares que en un principio me parecían de los más horrendos, ocuparía mucha parte de este blog. Lo importante es que aproveché los momentos que permanecerán siempre en mi memoria y por supuesto supongo que algunos de ustedes, esbozaron ya una sonrisa al recordarlo.
Ahora, el alcohol se puede consumir en cualquier otra parte, pero nunca jamás se sentirá el ambiente de la universidad...

Dedicado a todos los bebedores sociales (osea borrachos) universitarios...

Nayeli Roldán
Los estragos comienzan a hacerse notar. Los ojos medio abiertos, rojos, tienen el impulso de cerrarse por completo. El cuerpo vacilante. La letra de una canción apenas se entiende en la voz, casi ronca, de Javier: ya cortaste mis manos, mis piernas y ya no doy más, ya no hay más… Diez treinta de la noche. Las cuatro, cinco o seis caguamas lo detuvieron por varias horas en El doctor.
Cada viernes la Facultad de Estudios Superiores Aragón queda semivacía después de la una de la tarde —aunque algunos la abandonan varias horas antes— los universitarios se trasladan de una banqueta a otra, casi en fila, como en hormiguero. Las decisiones académicas quedaron atrás, ahora la disyuntiva es qué bar visitarán hoy y cuánto podrán "chupar".
Nachos, Doberman, El doctor, Go play, La azotea, El ha roh, La bohemia, billares y hasta locales que parecen cantinas, ofertan diversión, música y alcohol para cualquiera de los 15 mil estudiantes de doce distintas carreras de la universidad.
Generalmente todos los bares son abarrotados los viernes, pero a veces el día es lo de menos. Hay quienes recuerdan que "cheleaban" hasta en lunes, y ni qué decir de la hora, "en tercer semestre íbamos a tocar al Hospital (bar clausurado en 2001) desde las ocho de la mañana para que nos atendieran, y nos quedábamos ahí hasta la noche", recuerda Fredy.
Él y sus amigos intentaron participar en el maratón Guadalupe-Reyes, lo cual se traducía a beber diario desde el festejo de la Virgen de Guadalupe en diciembre, hasta el día de Reyes en enero. Iban a la escuela pero entraban a ese lugar, sin embargo "no aguantamos", confiesa.
Es común que cuando se visite un lugar con grandes atractivos turísticos sea casi obligatorio conocerlos, en la antes ENEP sucede lo mismo. Sin temor a equivocarme, puedo asegurar que todos los alumnos de esa escuela en algún momento durante la carrera, tuvieron forzosamente que entrar a alguno de estos bares; desde los que consideraron al alcohol como amigo inseparable, hasta los que fungieron como chaperón o buen camarada para sacar en estado inconveniente a otro (a).
Y es que la estancia en la universidad puede ser de las mejores etapas para hacer de todo y al mismo tiempo: estudiar, viajar, emborracharse, conocer, divertirse…, además compartirlo con personas que, probablemente, sean los últimos amigos sinceros antes de entrar al campo laboral, comenta un egresado.
Por ello, los bares forman parte fundamental para la convivencia sobre todo los juevebebes y los bebeviernes. No hay alguien que no tenga aluna anécdota de esos lugares, sobre todo porque unos se vuelven más populares en determinado momento.
Era ya de noche cuando Luis salió de un bar, estaba ebrio pero aún podía llegar a su casa. En el camino, en el microbús, sentía sueño y "después de cruzar un puente, la bajada la sentí como montaña rusa", cuenta, las náuseas propias por el alcohol se incrementaron, "tenía tremendas ganas de vomitar y no podía hacerlo en el micro porque estaba más gente. No tenía nada más al alcance que mi mochila, la abrí y...".Y para rematar, al otro día lavo su mochila y siguió usándola sólo que ahora tenía una mancha que no pudo quitarse.
Por ejemplo El nachos está justo frente a la escuela, es bastante amplio y hasta hace unos años era el más abarrotado. Tocan rock en vivo los viernes; repertorio de Héroes del Silencio, Soda Stéreo o La Cuca resuenan con mayor fuerza en las noches, cuando las mesas se llenan de caguamas vacías.
Una vez, un reportero de televisión hizo un recorrido por éstos bares para denunciar todas las irregularidades en que se mantenían. Nachos fue el primero en el que se levantó imagen. Cristian estaba ahí y al siguiente día cuando salió en el noticiero contaba la anécdota muy divertida diciendo: "yo faltando al trabajo y me grabaron en pleno desmadre, ojalá no me haya visto mi mamá o mis jefes".
Pero un año después la competencia hizo bajar notablemente su demanda. Entonces el giro cambió, durante el día se dedicaron a vender tacos de bistec y guisado a media mañana porque ya no había clientes para las cervezas. Y aún cuando el lugar poco a poco retomó popularidad, la comida siguió teniendo éxito.
El lugar que se llevó a buena parte de la clientela fue Doberman, desde su inauguración nunca dejó de llenarse cada fin de semana, a penas se puede caminar, el calor es sofocante por el humo del cigarro y la rockola tiene un amplio catálogo desde Sin Bandera hasta U2, pasando por Los Fabulosos Cadillacs o Los Tigres del Norte.
En la entrada siempre han estado dos personas fungiendo como guardias de seguridad, revisando mochilas y a las personas, o son quienes controlan el acceso pues "hay ocasiones que no cabe un alfiler", relata Nancy.
En el primer piso generalmente sólo hay gente tomando en las mesas, pero en el segundo, aunque tenga el doble de bancos, cuando no hay lugar, beben de pie, además en un estrecho balcón a veces toca un grupo en vivo, o sirve como área VIP para bailar.
En otro extremo tuvo un rediseño, se vuelve como otra dimensión, un miniantro: luces de neón; el Dj en una improvisada tarima; pared de terciopelo y los visitantes bailando al ritmo de la música electrónica.
Pero ni los "guardias" del lugar han podido evitar los pleitos. Patricia relata que una vez se quedaron encerrados en el bar varias horas porque no dejaban salir a nadie. Luego de insultos verbales en el Dober, unos muchachos golpearon a otro en la calle; minutos más tarde regresó pero con más "amigos", que traían pistola. Se golpearon, se escuchó un disparo. Una patrulla llegó a solucionar el conflicto y fue entonces cuando bajaron las cortinas del bar. No hubo ningún herido, "sólo los llevaron a la delegación", finaliza.
El doctor, están en a un lado del Dober, en la calle que lleva el nombre de un apóstol: San Mateo. Afuera tiene el dibujo de un doctor utilizando tapabocas y bata color azul —de cirugía— sosteniendo un tarro de cerveza en la mano.
Las pequeñas mesas y bancos de madera sustituyeron a las de plástico blanco, como de jardín, y que con sus respectivas quemaduras mostraban que cuando el cuerpo se adormece por el alcohol, los movimientos dejan de ser precisos y los cigarros nunca terminaron en los ceniceros. La luz es tenue pero la silueta fluorescente de un doctor da un gran contraste.
Frente a éste estaba su primera gran competencia: El Hospital. Justo a lado de un Kinder. Con las paredes de madera y estrechas mesas, sólo podían estar cómodamente no más de 30 personas. En una de las tantas clausuras no volvió a abrir sus puertas.
La azotea, está en el segundo piso de una que pareciera casa normal, justo en la base de los microbuses con ruta al metro Moctezuma. De aquel amor de música ligera, nada nos libra, nada más queda...se escucha del vocalista con clara intención de imitar a Gustavo Cerati. Fredy comenta que una vez salió de ahí bastante tarde luego de estar chupando con ocho personas más. A la hora de la cuenta, entre todos no lograban saldarla. La opción fue "empeñar" algún celular, desafortunadamente el único en acercarse a la barra para hacer el trueque fue él. Estuvo sin su teléfono el fin de semana.
Las caguamas de cualquier marca cuesta 25 pesos —en las tiendas valen 13— Un estudiante comenta que ese viernes acababa de cobrar "ni modo, ahora tengo que estirar lo que me quedo". Fredy y sus dos amigos gastaban hasta 200 pesos cada uno en una borrachera, cuando vendían las cervezas por 17 o 20 pesos.
"Nos gustaba más La bohemia porque ahí poníamos la música que queríamos. The Doors, Mettalca, hasta esa de: sombras nada más, entre tu amor y el mío, de Javier Solís, para calentar motores; y ni qué decir del de mala muerte —una cantina llamada Maria Elena— porque ahí daban de botana carnitas", donde aclara, nunca había mucha gente.
La dinámica en que han evolucionado los bares es muy curiosa. Comenta un egresado que ahora es académico de la FES que los locales iniciaron como taquerías y vendían bebidas alcohólicas pero más discretamente.
En esta oferta de diversión ya no sólo se escucha música sino también se ofrece baile. En el segundo piso de Go play, cada viernes toca un grupo de norteños en vivo. Curru cu, curru cu, le cantaba el paalomito... los cuerpos y la voz siguen ésta y más repertorio al ritmo del acordeón. En la playera de un alegre joven se lee: naco es chido.
Autoridades de la escuela han denunciado a estos bares muchas veces, consiguiendo su clausura por una semana, un mes o hasta un año, pero luego abren otro y otro. Sin duda es un gran negocio pero también parte de la historia de los universitarios.
Arlet, egresó hace un año del plantel Aragón, relata que su paso por la universidad no puede ser contado sin sus visitas a los bares. "Uno sabe hasta dónde tomar, tampoco agarras la jarra diario, lo primero es estudiar. Pero en esas tardes cuando te diviertes con tus amigos, son incomparables. Cualquier pretexto era útil: perseguir a un ex; festejar cumpleaños o una buena calificación".
"Esa etapa de ser un poco irresponsable, jamás se vuelve a pasar. En los bares se sellaban amistades, odios, ligues. Contabas y cantabas lo que nunca imaginaste. Es cierto que los bares pueden ser una tentación, pero como en todo, cada quién decide lo que quiere hacer, hasta donde llegar. Afortunadamente siempre he equilibrado las cosas y tengo muy buenos recuerdos de mis épocas estudiantiles", finaliza.

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