Nayeli Roldan
El descontento social en Morelos no es reciente ni se limita sólo al magisterio. Desde hace casi cuatro años se formó la organización “Los trece pueblos” para defender los recursos naturales de las poblaciones indígenas y ahora apoyan todos los movimientos sociales que surjan en el estado.
La lucha también incluye a los maestros que se mantienen en paro desde hace dos meses y aunque células del ala radical de la Asamblea de los Pueblos de Oaxaca acudirán a Morelos con la intención de crear una organización similar en el estado, una estrategia así “no se impone; se construye”, afirma José Martínez Cruz, vocero de la Comisión Independiente de Derechos Humanos de la entidad.
Agrega que los pueblos indígenas tienen ya su propia instancia y la situación del movimiento no es la misma que la ocurrida en Oaxaca hace dos años. “Es una opción que se tiene que discutir abiertamente”, insiste; sobre todo porque hay más organizaciones de defensa de derechos humanos, contra la represión, estudiantiles o los sindicatos, que podrían formar parte.
Los pueblos originarios ya están organizados y apoyan el movimiento magisterial, aglutinarlos en una sola instancia, todavía no está debidamente debatido, asegura.
En el 2004, después de diversos intentos para ser escuchados por el gobierno estatal para que los manantiales no fueran explotados indiscriminadamente, sobre todo para abastecer a unidades habitacionales que se construyen en regiones aledañas a los pueblos indígenas y que éstos eran quienes más sufrían la escasez de agua, los trece pueblos se reorganizaron.
La primera acción fue cerrar los accesos carreteros del sur del estado: Alpuyeca, Jojutla y Zapata, “sólo así nos hicieron caso”, afirma Saúl Roque Morales, impulsor de la organización, “porque el gobierno estatal no tiene conciencia de preservar la armonía de la naturaleza”.
En julio de 2007 más de 50 poblaciones, incluyendo los trece pueblos, se reunieron y formaron el Consejo de Pueblos, que ahora defendía y apoyaba cualquier movimiento porque “estamos del lado de las demandas sociales que padecemos”, y del que construyeron un manifiesto en el que explican la importancia de cuidar la tierra, el aire y el agua.
La presión sirvió para conseguir la establecer mesas de negociación, encabezadas por los secretarios de gobierno y medio ambiente, Sergio Álvarez Mata y Jorge Hinojosa, respectivamente, pero a la fecha no han tenido respuestas concretas.
Continua pendiente la afectación al acuífero que propicia la gasolinera en la caseta de Cuautla, el relleno sanitario en Lomas de Mejía en Cuernavaca, el desarrollo urbano en Jojutla, la construcción de viviendas en Ciénega en el municipio de Emiliano Zapata, que desequilibran el medio ambiente, e incluso, dice Roque, las relaciones sociales al haber incremento poblacional. “Eso le ha servido a los maestros para no creer en las negociaciones porque el gobierno le da preferencia a los grupos empresariales”.
Cuando inició el paro de labores de maestros, éstos estaban alejados de la sociedad porque desde hace más de 20 años no se habían movilizado, pero después de los desalojos en Xoxocotla y Amayuca, los pueblos originarios incrementaron su apoyo, asegura Manuel Martínez, integrante del Consejo de Pueblos.
El objetivo principal de la organización de los pueblos es “ser solidarios con los movimientos sociales. La salud, la educación, la naturaleza, no son temas aislados, somos parte de un todo y los maestros intervienen en la formación de nuestros hijos”, sostiene Roque Morales.
Sin embargo, la lucha no sólo es por el rechazo de la Alianza por la Calidad de la Educación, sino por la ofensa y “opresión” a los pueblos indígenas, pero “estamos preparados para aguantar; los pueblos originarios no nos vamos a extinguir como quisiera el gobierno”, sentencia, Miguel Ángel Pérez, del municipio de Tepoztlán.
martes, octubre 21, 2008
Derecho a la educación
Nayeli Roldán
Cuernavaca, Morelos
Esmeralda hace la suma de la venta de un collar, un par de aretes y una pulsera de cornalina. Son 95 pesos. En náhuatl, Eliud, le dice que hizo mal la cuenta, que son 85 pesos. Esmeralda le hace un gesto y repite la operación mentalmente; comprueba que el resultado es el correcto.
Ella tiene 11 años y va en sexto de primaria. Hoy cumple ocho días de haber regresado a clases a la escuela Profesor Gregorio Torres Quintero, pero después de este ciclo ya no irá a la secundaria porque se dedicará a vender collares todo el día, como lo hizo durante las vacaciones y los casi dos meses que sus maestros mantuvieron cerrada la escuela.
Es la segunda de tres hermanos y asegura que le gustan las matemáticas. Cuando escucha la pregunta que para muchos es obvia, ella se queda muda. ¿Qué te gustaría ser de grande? Después de unos segundos contesta que no podrá seguir estudiando porque en su familia sólo terminan la primaria, “nomás con que sepamos leer y escribir, está bien”.
En el zócalo de Cuernavaca, en las jardineras, su mamá acomoda los collares, pulseras hechos de diferentes piedras que son apreciadas sobre todo por los extranjeros y en las vacaciones, la mayor parte del día Esmeralda atiende el puesto. Su hermana, Maribel, un año mayor que ella “no le gusta venir” y se queda en casa armando los collares.
Desde el 18 de agosto, a causa del rechazo de la Alianza por la Calidad de la Educación, muchos maestros se mantienen todavía en paro de labores. Hasta antes del martes pasado, Esmeralda llegaba a las 8 de la mañana al zócalo y dejaba de vender entre 13 y 15 horas después. Admite que le gusta más ir a la escuela aunque procura no dejar ir a ningún cliente sin que compre algo. Insiste sobre la belleza de las piedras y ofrece rebajas atractivas para los bolsillos, sobre todo del turismo nacional.
Eliud es su prima, va en quinto año y su hermana, Flor, en segundo. Cuando sus padres veían las noticias en la televisión, en la que se daba información sobre las acciones del magisterio, los escuchaba decir que “va a haber clases hasta diciembre o hasta dentro de un año”. Dice que no le gusta mucho la escuela, aunque no aclara porqué. A diferencia de Esmeralda, ella rehúye la conversación.
***
En Xoxocotla, municipio de Puente de Ixtla, ninguna de los cuatro preescolares, seis primarias, dos secundarias generales y una secundaria general. Es el pueblo que enfrentó a efectivos policíacos y militares el 9 de octubre y apoyan a los maestros, aunque algunos padres de familia, como Flor Palacios ya no lo hace tanto.
Kevin Josué y Dylan Israel, van en tercero y segundo de primaria, Evelyn Monserrat pasó a quinto. “Guardo los libros de mi hija y con esos les estoy enseñando a los otros dos. A ella la pongo a que revise sus libros del año pasado, pero ya no se cómo entretenerlos. Les pongo las clases en la tele, pero les aburren rápido y yo no puedo ver otra cosa”, dice Flor.
Rosa es madre de dos niños a quienes no puede cuidar porque trabaja como mesera prácticamente todo el día. Pero Jesús, tiene seis años y está feliz de no ir a la escuela. “Me gusta jugar, ver la tele y comer”, cuenta entre risas, y ahora, en sus “vacacionsotas” (sic) lo hace más seguido.
Daniela, está contenta con su mochila rosa de Las princesas. Aunque fue a clases en Chilpancingo durante un mes, “se llevó la mochila vieja”, cuenta Araceli, la madre. “Mi mochila nueva la quería estrenar hasta que fuera a mi escuela, la Benito Juárez”, en Cuernavaca, dice la estudiante de segundo año.
Cuernavaca, Morelos
Esmeralda hace la suma de la venta de un collar, un par de aretes y una pulsera de cornalina. Son 95 pesos. En náhuatl, Eliud, le dice que hizo mal la cuenta, que son 85 pesos. Esmeralda le hace un gesto y repite la operación mentalmente; comprueba que el resultado es el correcto.
Ella tiene 11 años y va en sexto de primaria. Hoy cumple ocho días de haber regresado a clases a la escuela Profesor Gregorio Torres Quintero, pero después de este ciclo ya no irá a la secundaria porque se dedicará a vender collares todo el día, como lo hizo durante las vacaciones y los casi dos meses que sus maestros mantuvieron cerrada la escuela.
Es la segunda de tres hermanos y asegura que le gustan las matemáticas. Cuando escucha la pregunta que para muchos es obvia, ella se queda muda. ¿Qué te gustaría ser de grande? Después de unos segundos contesta que no podrá seguir estudiando porque en su familia sólo terminan la primaria, “nomás con que sepamos leer y escribir, está bien”.
En el zócalo de Cuernavaca, en las jardineras, su mamá acomoda los collares, pulseras hechos de diferentes piedras que son apreciadas sobre todo por los extranjeros y en las vacaciones, la mayor parte del día Esmeralda atiende el puesto. Su hermana, Maribel, un año mayor que ella “no le gusta venir” y se queda en casa armando los collares.
Desde el 18 de agosto, a causa del rechazo de la Alianza por la Calidad de la Educación, muchos maestros se mantienen todavía en paro de labores. Hasta antes del martes pasado, Esmeralda llegaba a las 8 de la mañana al zócalo y dejaba de vender entre 13 y 15 horas después. Admite que le gusta más ir a la escuela aunque procura no dejar ir a ningún cliente sin que compre algo. Insiste sobre la belleza de las piedras y ofrece rebajas atractivas para los bolsillos, sobre todo del turismo nacional.
Eliud es su prima, va en quinto año y su hermana, Flor, en segundo. Cuando sus padres veían las noticias en la televisión, en la que se daba información sobre las acciones del magisterio, los escuchaba decir que “va a haber clases hasta diciembre o hasta dentro de un año”. Dice que no le gusta mucho la escuela, aunque no aclara porqué. A diferencia de Esmeralda, ella rehúye la conversación.
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En Xoxocotla, municipio de Puente de Ixtla, ninguna de los cuatro preescolares, seis primarias, dos secundarias generales y una secundaria general. Es el pueblo que enfrentó a efectivos policíacos y militares el 9 de octubre y apoyan a los maestros, aunque algunos padres de familia, como Flor Palacios ya no lo hace tanto.
Kevin Josué y Dylan Israel, van en tercero y segundo de primaria, Evelyn Monserrat pasó a quinto. “Guardo los libros de mi hija y con esos les estoy enseñando a los otros dos. A ella la pongo a que revise sus libros del año pasado, pero ya no se cómo entretenerlos. Les pongo las clases en la tele, pero les aburren rápido y yo no puedo ver otra cosa”, dice Flor.
Rosa es madre de dos niños a quienes no puede cuidar porque trabaja como mesera prácticamente todo el día. Pero Jesús, tiene seis años y está feliz de no ir a la escuela. “Me gusta jugar, ver la tele y comer”, cuenta entre risas, y ahora, en sus “vacacionsotas” (sic) lo hace más seguido.
Daniela, está contenta con su mochila rosa de Las princesas. Aunque fue a clases en Chilpancingo durante un mes, “se llevó la mochila vieja”, cuenta Araceli, la madre. “Mi mochila nueva la quería estrenar hasta que fuera a mi escuela, la Benito Juárez”, en Cuernavaca, dice la estudiante de segundo año.
Xoxocotla
Nayeli Roldán
En Xoxocotla se defiende las causas que consideran justas hasta con la vida, sobre todo porque tienen la venia del tata Lázaro Cárdenas del Río y del tlatoani, Emiliano Zapata. El de la vida y lucha de los personajes continúan vigentes y sus figuras de piedra en el centro del poblado les recuerdan la encomienda de defenderse ante los abusos.
En la historia, sólo dos personajes que lucharon por los amolados merecieron el honor y el respeto del pueblo. El monumento de Emiliano Zapata es una figura dorada de dos metros. Con una actitud de gallardía y gesto enardecido, sostiene a un indio desvalido. Éste tiene una parte del grillete que aseguraba sus pies, la otra está en la mano del general.
“¡El grito de redención! Pueblo Mexicano: apoyad con las armas en la mano, este plan y haréis la prosperidad y bienestar de la patria. ‘Justicia y ley’. Plan de Ayala. General Emiliano Zapata, señorío indígena de Xoxocotla. Morelos 1977”, se lee al pie de la figura.
El busto de Lázaro Cárdenas del Río tiene la leyenda: “Tata de México, 1974”. La parte del cuerpo que se observa en la figura no tiene ropa, porque “el mejor Presidente” que tuvo el país era “indio como nosotros, en esencia tenemos los mismos valores”, asegura Saúl Roque Morales, líder del poblado.
Los habitantes cuentan que tuvieron agua potable gracias al tata porque en una gira por el estado, el automóvil de Cárdenas se averió en la carretera Alpuyeca-Jojutla a la altura de Xoxocotla, casi por “accidente” visitó al pueblo y se dio cuenta que había agua limpia que tomar.
Mandó construir el sistema de agua potable para abastecer agua del manantial de Chihuahuita. En 1942, la urbanización comenzó a limitar la distribución de agua a los pueblos originarios por lo que algunos se organizaron para pedir la ayuda del ya ex presidente. “A quien le corresponde resolver los problemas es a ustedes, si les hacen falta huevos vayan afuera y cómprenlos en la tienda”, le dijo Cárdenas.
“Nos dio permiso y nosotros obedientes ya no nos dejamos”, sostiene Roque Morales. Se asumen como un pueblo pacífico, pero que defiende “lo justo”. “Queremos una vida comunitaria con justicia y libertad. Cualquier agresión nos hace ser violentos para hacer respetar los valores, estamos en contra de todo lo que ofende”, agrega.
9 de octubre no se olvida
Desde el sábado 27 de septiembre, en apoyo al paro magisterial de los maestros, los pobladores cerraban un tramo de la carretera Alpoyuca-Jojutla todo el día. Esta práctica, dicen, les sirvió el año pasado para solucionar un conflicto por agua.
El 8 de octubre, en Amayuca, del municipio de Jantetelco, que también tenía tomada la carretera hacia Oaxaca, hubo un violento desalojo. Poco más de 300 policías federales y preventivos se confrontaron con los pobladores por casi dos horas. Hubo decenas de heridos y detenidos. Los habitantes de Xoxocotla llamaron con las campanas de la iglesia a reforzar la toma carretera; pusieron tres retenes un kilómetro antes de llegar al punto de bloqueo. Sumaban aproximadamente cinco mil pobladores.
En el intento de desalojo, detuvieron a cuatro policías federales y los mantuvieron por cuatro horas para negociar la liberación de los detenidos en Amayuca y el retiro de las fuerzas federales. Poco antes de la media noche, también arribaron tanquetas y efectivos militares. “¿Qué no el Ejército está combatiendo a los narcotraficantes? Nosotros no somos narcos”, ataja Manuel Martínez, poblador.
Liberaron a los policías con la promesa del retiro de los uniformados, “pero no cumplieron”, dice. En la mañana del 9 de octubre nuevamente bloquearon la carretera, pero ésta vez, tres helicópteros merodeaban la zona. “Planearon bien la estrategia porque la mayoría de los hombres no estaban, se habían ido a trabajar, los que estaban en la carretera eran jóvenes y mujeres, sobre todo”.
Hacia las tres de la tarde, el grupo de pobladores era superado en número por los más de dos mil 500 policías federales y estatales. Encendieron llantas para formar barricadas, pero no fue suficiente ante el gas lacrimógeno que era arrojado por tierra y aire. Los pobladores se defendían lanzando cohetones a los helicópteros y a ras de suelo; lanzaban piedras mientras se cubrían la cara con paños mojados con refresco de cola o vinagre.
La suegra de Flor Palacios vive cerca de la zona de trifulca. “Alcanzamos a meter como a 50 personas. Mi suegra los acomodó en los cuartos, en la bodeguita, les echó llave y les dijo que no hicieran nada de ruido, sólo así los policías no se metieron. Todos nos quedamos casi sin movernos”. El saldo oficial: 23 detenidos y alrededor de 50 heridos, sin registro de daños materiales.
Sin embargo, la Comisión Independiente de Derechos Humanos del Estado de Morelos documentó, de ambos desalojos, 139 personas, en su mayoría civiles, sufrieron detenciones arbitrarias, privación ilegal de la libertad y tortura. “Sólo una mujer narra abuso sexual, uso de palabras altisonantes y amenazas de llevarlas a otro lugar”, informa José Martínez, vocero del organismo.
***
Xoxocotla pertenece al municipio de Puente de Ixtla y tiene poco más de 19 mil 600 pobladores, hace ocho años fue la última vez que lincharon a un hombre por abuso sexual, pero nunca habían enfrentado una agresión como aquel 9 de octubre.
“Creí que me iban a matar. Cerraba los ojos para no pensar. Nos echaron a un camión como puercos, uno encima del otro. Una vez voltee a verlos y me pegaron, otra vez”, cuenta Gregorio González, a quien después de dos semanas, las huellas de los golpes en el cuerpo todavía permanecen, pero las que nunca olvidará son las que sólo él sabe, las que le impiden sostener la mirada por el asomo de llanto al relatar su experiencia.
“El gobierno ganó una batalla, pero no la guerra porque el pueblo ya está cansado de tanta opresión. Si le pega a un animal se defiende. Patee un perro y verá si no lo muerde, hora más un humano”, advierte, Abraham Escorcia, a quien los policías le hicieron pasar por las brazas de una barricada “para que sientas lo que sintieron nuestros compañeros”, se jactaban.
Ese día cumplía 35 años, pero su hijo de dos años y ocho meses amaneció con temperatura, “por eso no fui a trabajar. Desde temprano, por los helicópteros no hubo transporte. En todo el día no se le bajaba la fiebre a mi hijo, por eso en la tarde fui a la base de taxis que está en la carretera. Cometí el pecado de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. Cuando iba llegando, lanzaron gas lacrimógeno, me agarraron y dijeron que yo era el líder de los maestros. Llevaba sandalias, me las quitaron y me hicieron caminar descalzo. Cuando llegamos a una barricada que todavía tenía brazas, me sostuvieron de los brazos y me llevaron caminando por lo ardiente”. Tuvo quemaduras de primero y segundo grado en los pies. “Fue 9 de octubre ¿cree que lo voy a olvidar?”.
En Xoxocotla se defiende las causas que consideran justas hasta con la vida, sobre todo porque tienen la venia del tata Lázaro Cárdenas del Río y del tlatoani, Emiliano Zapata. El de la vida y lucha de los personajes continúan vigentes y sus figuras de piedra en el centro del poblado les recuerdan la encomienda de defenderse ante los abusos.
En la historia, sólo dos personajes que lucharon por los amolados merecieron el honor y el respeto del pueblo. El monumento de Emiliano Zapata es una figura dorada de dos metros. Con una actitud de gallardía y gesto enardecido, sostiene a un indio desvalido. Éste tiene una parte del grillete que aseguraba sus pies, la otra está en la mano del general.
“¡El grito de redención! Pueblo Mexicano: apoyad con las armas en la mano, este plan y haréis la prosperidad y bienestar de la patria. ‘Justicia y ley’. Plan de Ayala. General Emiliano Zapata, señorío indígena de Xoxocotla. Morelos 1977”, se lee al pie de la figura.
El busto de Lázaro Cárdenas del Río tiene la leyenda: “Tata de México, 1974”. La parte del cuerpo que se observa en la figura no tiene ropa, porque “el mejor Presidente” que tuvo el país era “indio como nosotros, en esencia tenemos los mismos valores”, asegura Saúl Roque Morales, líder del poblado.
Los habitantes cuentan que tuvieron agua potable gracias al tata porque en una gira por el estado, el automóvil de Cárdenas se averió en la carretera Alpuyeca-Jojutla a la altura de Xoxocotla, casi por “accidente” visitó al pueblo y se dio cuenta que había agua limpia que tomar.
Mandó construir el sistema de agua potable para abastecer agua del manantial de Chihuahuita. En 1942, la urbanización comenzó a limitar la distribución de agua a los pueblos originarios por lo que algunos se organizaron para pedir la ayuda del ya ex presidente. “A quien le corresponde resolver los problemas es a ustedes, si les hacen falta huevos vayan afuera y cómprenlos en la tienda”, le dijo Cárdenas.
“Nos dio permiso y nosotros obedientes ya no nos dejamos”, sostiene Roque Morales. Se asumen como un pueblo pacífico, pero que defiende “lo justo”. “Queremos una vida comunitaria con justicia y libertad. Cualquier agresión nos hace ser violentos para hacer respetar los valores, estamos en contra de todo lo que ofende”, agrega.
9 de octubre no se olvida
Desde el sábado 27 de septiembre, en apoyo al paro magisterial de los maestros, los pobladores cerraban un tramo de la carretera Alpoyuca-Jojutla todo el día. Esta práctica, dicen, les sirvió el año pasado para solucionar un conflicto por agua.
El 8 de octubre, en Amayuca, del municipio de Jantetelco, que también tenía tomada la carretera hacia Oaxaca, hubo un violento desalojo. Poco más de 300 policías federales y preventivos se confrontaron con los pobladores por casi dos horas. Hubo decenas de heridos y detenidos. Los habitantes de Xoxocotla llamaron con las campanas de la iglesia a reforzar la toma carretera; pusieron tres retenes un kilómetro antes de llegar al punto de bloqueo. Sumaban aproximadamente cinco mil pobladores.
En el intento de desalojo, detuvieron a cuatro policías federales y los mantuvieron por cuatro horas para negociar la liberación de los detenidos en Amayuca y el retiro de las fuerzas federales. Poco antes de la media noche, también arribaron tanquetas y efectivos militares. “¿Qué no el Ejército está combatiendo a los narcotraficantes? Nosotros no somos narcos”, ataja Manuel Martínez, poblador.
Liberaron a los policías con la promesa del retiro de los uniformados, “pero no cumplieron”, dice. En la mañana del 9 de octubre nuevamente bloquearon la carretera, pero ésta vez, tres helicópteros merodeaban la zona. “Planearon bien la estrategia porque la mayoría de los hombres no estaban, se habían ido a trabajar, los que estaban en la carretera eran jóvenes y mujeres, sobre todo”.
Hacia las tres de la tarde, el grupo de pobladores era superado en número por los más de dos mil 500 policías federales y estatales. Encendieron llantas para formar barricadas, pero no fue suficiente ante el gas lacrimógeno que era arrojado por tierra y aire. Los pobladores se defendían lanzando cohetones a los helicópteros y a ras de suelo; lanzaban piedras mientras se cubrían la cara con paños mojados con refresco de cola o vinagre.
La suegra de Flor Palacios vive cerca de la zona de trifulca. “Alcanzamos a meter como a 50 personas. Mi suegra los acomodó en los cuartos, en la bodeguita, les echó llave y les dijo que no hicieran nada de ruido, sólo así los policías no se metieron. Todos nos quedamos casi sin movernos”. El saldo oficial: 23 detenidos y alrededor de 50 heridos, sin registro de daños materiales.
Sin embargo, la Comisión Independiente de Derechos Humanos del Estado de Morelos documentó, de ambos desalojos, 139 personas, en su mayoría civiles, sufrieron detenciones arbitrarias, privación ilegal de la libertad y tortura. “Sólo una mujer narra abuso sexual, uso de palabras altisonantes y amenazas de llevarlas a otro lugar”, informa José Martínez, vocero del organismo.
***
Xoxocotla pertenece al municipio de Puente de Ixtla y tiene poco más de 19 mil 600 pobladores, hace ocho años fue la última vez que lincharon a un hombre por abuso sexual, pero nunca habían enfrentado una agresión como aquel 9 de octubre.
“Creí que me iban a matar. Cerraba los ojos para no pensar. Nos echaron a un camión como puercos, uno encima del otro. Una vez voltee a verlos y me pegaron, otra vez”, cuenta Gregorio González, a quien después de dos semanas, las huellas de los golpes en el cuerpo todavía permanecen, pero las que nunca olvidará son las que sólo él sabe, las que le impiden sostener la mirada por el asomo de llanto al relatar su experiencia.
“El gobierno ganó una batalla, pero no la guerra porque el pueblo ya está cansado de tanta opresión. Si le pega a un animal se defiende. Patee un perro y verá si no lo muerde, hora más un humano”, advierte, Abraham Escorcia, a quien los policías le hicieron pasar por las brazas de una barricada “para que sientas lo que sintieron nuestros compañeros”, se jactaban.
Ese día cumplía 35 años, pero su hijo de dos años y ocho meses amaneció con temperatura, “por eso no fui a trabajar. Desde temprano, por los helicópteros no hubo transporte. En todo el día no se le bajaba la fiebre a mi hijo, por eso en la tarde fui a la base de taxis que está en la carretera. Cometí el pecado de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. Cuando iba llegando, lanzaron gas lacrimógeno, me agarraron y dijeron que yo era el líder de los maestros. Llevaba sandalias, me las quitaron y me hicieron caminar descalzo. Cuando llegamos a una barricada que todavía tenía brazas, me sostuvieron de los brazos y me llevaron caminando por lo ardiente”. Tuvo quemaduras de primero y segundo grado en los pies. “Fue 9 de octubre ¿cree que lo voy a olvidar?”.
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