viernes, enero 27, 2006
La vida y Dios dan grandes lecciones. Sin darme cuenta mis lágrimas cayeron hasta el escritorio. Escuché a Alejandra, 30 años y hace unos meses perdió a su mamá, cuando el cáncer terminó por consumirla. Qué dolor puede ser más grande que ver a un ser amado sufriendo? Cuando su voz se quebraba yo, claro, no sentí la misma intensidad del dolor pero me conmovió enormemente. Escuchar que el cáncer avanzó por el cuerpo de su mamá, primero en el seno, luego el tórax, el cuello, el cerebro. Al final su piel había desaparecido. La sangre brotaba por todas partes. Alguien podrá merecer semejante dolor? Nadie, creo yo. Pero son cosas q no podría cuestionarle a Dios jamás.
Ahora, dice Alejandra, la vida no la ve igual. Tiene ganas de ayudar, de detenerse aunque sea un minuto a observar el cielo, de disfrutar cada minuto de su vida porque su mamá, con todo y el calvario de los tratamientos, luchó por vivir hasta el final.
Qué lección Alejandra, qué lección de su madre y de todas las personas que enfrentan una enfermedad, de esas tan crueles.
Una oración por ustedes.
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