
Entre bodegas, largos pasillos, gritos, y mezcolanza de olores, la Central de Abasto de la Ciudad de México recibe a menores que, antes de cumplir los quince años, abandonaron sus lugares de origen o, en el mejor de los casos, sólo la escuela. Trabajan como carretilleros o diableros. Ellos mismos imponen el tiempo de jornada, definen prioridades. Comer es lo importante; el juego y la educación, lo relegan al último sitio. Así es todos los días.
Nayeli Roldán
En un acta de nacimiento se asienta el nombre y la nacionalidad de un niño, tal vez ése sea de sus primeros derechos; además de ser protegidos y amados por sus padres, tener acceso a servicios y educación. Pero hay quienes después de diez años, no tienen acta ni fecha de nacimiento. Como si no existieran. No saben leer porque nunca han ido a la escuela. Pocas veces se bañan porque no tienen suministro de agua. Huyen de sus casas porque lo único que han recibido de sus padres son golpes.
Oaxaca, Guerrero, Michoacán, Puebla, Tlaxcala, Estado de México y otros estados, han negado a muchos menores mínimas oportunidades para salir de la marginación. Estos niños no querían abandonar sus raíces, a sus familiares, su dialecto y lo que enfrentan en la ciudad no siempre es mejor a lo que tuvieron en sus comunidades.
Por ello, durante la administración de Manuel Aguilera en el gobierno del Distrito Federal, hace 14 años, impulsó un proyecto para ofrecer orientación a este grupo vulnerable mediante el Centro de Apoyo al Menor Trabajador de la Central de Abasto. A la par, se abrió otro lugar para los niños que laboraban como cerillos en Tacubaya. Pero luego de unos años, este último dejó de funcionar.
El Centro de Apoyo al Menor Trabajador IAP está en un lugar estratégico: frente a la Central de Abasto. Las rejas azules delimitan las canchas de futbol rápido y básquetbol, el mayor atractivo para los niños. Adentro, en las paredes de ladrillo hay cuadros con leyendas como: “Educación. Todos los niños tienen derechos”. En otra pared, el dibujo de una rana lo firma, con letras desiguales, Heladio, y otro Yoselyn. A un lado, los estantes de libros para niños y adolescentes.
A partir de las diez de la mañana y hasta las siete de la noche, los menores pueden estudiar, asearse, jugar, pero sobre todo, dice el director, sentirse queridos e importantes para los demás. El primer paso es acercarse a los niños para decirles que pueden tener un lugar donde guardar sus cosas y bañarse, pues muchos de ellos duermen en las bodegas después de trabajar, porque no tienen adonde ir y tampoco pueden pagar la renta de un cuarto.
“Al principio son renuentes a dejar su diablito por unas horas, pues eso les significa menos dinero y por tanto, menos comida. Pero el juego es siempre la primera razón por la que vienen”.
Yaim Waldo, asesor educativo, dice que “cuando llegan tienen que anotar su nombre en una hoja. Unos sólo dicen que no lo harán, sin dar mayor explicación. La verdad es que no saben escribir. Después de que juegan o se bañan, ya con más confianza, les preguntamos si les gustaría saber qué dice algún letrero, o escribir su nombre. Antes de tomar clase con los profesores, trabajan conmigo haciendo planas de letras, así como todos empezamos en la primaria. Ponen mucho empeño, aun con todas sus limitantes de tiempo. Algunos sólo aprenden lo elemental para poder leer y escribir y luego dejan de estudiar”.
Desafortunadamente, en ninguno de los tres salones, que tiene capacidad para 30 personas, se ocupan todos los lugares. “Los niños van aprendiendo a su ritmo. A veces comienzan su jornada más temprano de lo que acostumbran, cuatro o cinco de la mañana, para que no terminen tan tarde y puedan venir. Se les prepara y luego presentan exámenes del INEA, así logran terminar la primaria o secundaria”.
El director del centro, José Luis González, expone que es difícil sacar adelante un proyecto así porque “no se trabaja con papeles, sino con seres humanos. Estos chicos vienen muy nobles, trabajadores, sanos, pero en sus lugares de origen el sistema no ha podido darles oportunidades. Su visión es irse a las grandes ciudades o en busca del sueño americano. Otros no tienen ni siquiera acta de nacimiento por ignorancia o la corrupción en los gobiernos estatales o municipales. El simple hecho de que los niños vengan a trabajar aquí pone en evidencia que los gobiernos estatales no funcionan”.
La premisa de las diez personas que laboran en el lugar es “prepararlos para que tengan un proyecto de vida acorde a la realidad. Enseñarles cosas que parecen simples o normales para mucha gente, pero para ellos les resulta difícil cómo no tirar basura, pagar el dinero que piden prestado, si tienen familia que sea pequeña o hábitos de higiene; casi nos convertimos en sus padres.
Además, intentamos que comprendan que con el estudio pueden cambiar su situación o la de sus futuros hijos, porque la educación es el puente para cambiar el ciclo de explotación. Hemos comprobado que quienes pasaron por el centro y permanecieron más tiempo, no propiciaron nuevamente el trabajo infantil con sus hijos. Ya saben que el niño debe ir a la escuela, tener acta de nacimiento; debe jugar. Cambiar el modo de pensar es lo más importante de este proyecto”.
En los 12 años que González tiene al frente del centro, ha habido algunos casos en los que estudian hasta la universidad. “Pero pensar en una educación universitaria para estos niños es poco real, porque el sistema da la oportunidad de un buen trabajo a quien tiene ’conocidos’. Hay profesionistas que manejan un taxi. Lo mejor cuando concluyen la secundaria es que estudien carreras técnicas o un oficio que les pueda servir para sobresalir”.
Los niños obviamente enfrentan discriminación y malos tratos, y entre más pequeños menos dinero ganan. “Si la inversión en mercancía de un comerciante es de cinco mil pesos, no se la va a encargar para que la cargue a un chiquito de 12 años. Por eso los pequeños no cargan grandes volúmenes. Y durante el periodo vacacional llegan más niños a trabajar a la central, entonces están más horas esperando clientes y ganando menos”.
Aproximadamente 90 niños de entre seis y 18 años asisten al lugar. Unos a jugar después de trabajar, y otros que, a pesar de tener familia, no podían asistir a una escuela porque los padres no podían pagar la cuota, uniformes, útiles, entonces, el Centro de Atención les significa la única opción para estudiar.
Además de la educación o el juego, esos niños necesitan atención. “No están acostumbrados a que los aprecien, a que alguien les dé una palabra de aliento, que los escuchen, que les muestren afecto. Y cuando llegan a un lugar donde sí lo encuentran se quedan. Por eso la existencia de 14 años de este centro”.
El año pasado, recibieron a 800 niños, pero el antepasado la cifra fue de mil 200. La diferencia estriba, dice González, en los recursos que se pueden obtener. Siendo de Asistencia Privada, la manera de conseguir recursos es a base de concursos. Aunque el sueño es convertirlo en albergue y comedor, solventar sin problema la operación de ojos que una niña necesita o apoyar con becas a niños talentosos; todo depende del presupuesto, más que de la disposición de quienes ahí trabajan.
Once de la mañana. Uno de los primeros en anotarse en lista es Olivo. Hace un par de días llegó sin poder hablar a causa de una fuerte infección en la garganta, persistente desde hacía una semana. Apenas rebasa el 1. 55 metros de estatura, y con su aspecto escuálido no representa los 17 años que tiene. Ahí, recibió la atención médica que no había tenido, aun cuando vive con su hermana y cuñado. Originario de Oaxaca, vino al Distrito Federal porque no pudo adaptarse a vivir con su mamá y hermano gemelo, pues ella lo regaló recién nacido con su tía al no poder mantener a ambos, y además quería continuar la secundaria. Desde las seis de la mañana comenzaba su jornada, después de unas horas y con aproximadamente 80 pesos en la bolsa, iba a la escuela.
A punto de terminar la secundaria, Olivo quisiera trabajar como policía de tránsito, pero “por mi estatura me dicen que no podría. Si no me reciben, tal vez estudie una carrera corta”. Por lo pronto, los profesores están al pendiente de que continúe con su tratamiento de seis inyecciones de penicilina.
“Qué bajo he caído”. Se recriminaba David cuando comenzó a buscar comida en los contenedores de basura. Llegó al DF a los diez años en uno de los intentos por huir de su casa cuando no resistía más golpes. Su madre abandonó el hogar, su padre cruzó la frontera en busca del sueño americano, pero cuando regresó formó una nueva familia. Las golpizas eran porque David no se llevaba bien con su madrastra y la hija de ésta.
Sin dinero, un día abordó un autobús (antes no revisaban tanto los boletos, dice) llegó a la central Tapo. “Me espanté y lo único que se me ocurrió fue caminar hacia el metro San Lázaro. Era de madrugada y no llevaba nada con que taparme. Una señora se me acercó y me preguntó si tenía frío, le dije que sí, entonces me regaló una chamarra de mezclilla. Cuando abrió el metro me metí a dormir”.
El metro “es un laberinto”, lo descubrió recorriendo cada línea. Seguía durmiendo ahí. Pedía dinero y comida, o la buscaba en los botes de basura. Después de conocer todo el transporte, comenzó a salir para recorrer las calles aledañas de varias estaciones, así conoció el Aeropuerto Internacional. Para no pedir, comenzó a trabajar tirando la basura de los comercios o ayudando a la gente con sus maletas. Con un poco de capital compró dulces para venderlos, tal como lo hizo cuando tenía ocho años en Oaxaca.
Sabía que en la ciudad existía el DIF, lo buscó. “Era la pura vida. Tenía qué comer y donde dormir, pero también golpes de los otros chavos, por eso me salí”. Por ese tipo de experiencias, admite que “al principio era un indito que se quedaba callado, pero después me volví muy agresivo”.
Después conoció el Centro de Apoyo al Menor, se acercó porque viviendo en la calle no podía tener más que un cambio de ropa, no tenía dónde lavarla y la tiraba, por eso se acostumbró a comprarse ropa usada en tepito de hasta dos pesos, ahí le asignaron un estante para sus pertenencias.
Ahora trabaja haciendo limpieza en el metro. Rentó un cuarto que aún continúa vacío, pero es mucho mejor que la calle. Y quiere avanzar más del cuarto año de primaria que estudió.
"Ojala que cuando las personas vean a un niño trabajando en la Central de Abasto lo traten con respeto, que sepan que el chavo no está ahí porque quiere, sino porque el Estado no cumple con lo que le corresponde", concluye José Luis González.
*Foto Isabel Zabala de la Rosa
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