Nayeli Roldán
El ambulantaje es una actividad nacida al amparo del intercambio de “favores” entre autoridades y comerciantes, quienes una vez instalados en espacios públicos difícilmente acceden a abandonar el redituable negocio. Esta situación es cotidiana en gran parte de la Ciudad de México, e incluso, en instituciones educativas como la Universidad Nacional Autónoma de México, donde la mecánica ocurre de manera similar.
En la máxima casa de estudios del país se reproducen las mismas prácticas que en las calles: luchan por los espacios, hay organizaciones de vendedores, se negocia con las autoridades, se pagan cuotas y existe intercambio de apoyos con el sindicato y estudiantes.
Igual que en el Centro Histórico, los puestos ambulantes invaden las explanadas y pasillos de algunas facultades –todo depende de la flexibilidad cada director–. La panorámica de la Facultad de Filosofía y Letras y Ciencias Políticas y Sociales en algunos momentos del día es muy cercana a la de un tianguis… es el pumatianguis, bromea un estudiante.
Los problemas aunados a ello son la falta de control en el crecimiento de ambulantes y el riesgo de que, en algunos casos, los puestos sirvan sólo como medio para la venta de drogas, como sucedió en la década de los 70, sostienen fuentes del Sindicato de Trabajadores de la UNAM (STUNAM).
El nicho de comercio no es nada despreciable. En CU transitan aproximadamente 100 mil estudiantes. Tener un puesto en alguna de las 13 facultades (Arquitectura; Ciencias; Ciencias Políticas y Sociales; Contaduría y Administración; Derecho; Economía; Filosofía y Letras; Ingeniería; Medicina; Medicina, Veterinaria y Zootecnia; Odontología; Psicología y Química) por pequeño que parezca, prácticamente es ganancia segura.
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Cada comerciante sólo quiere seguir teniendo su fuente de trabajo, repiten una y otra vez; por eso mismo, procuran mantener la organización de su negocio entre el círculo donde nadie más entra. Sin embargo, quien reporta, acudió a varios de ellos bajo el pretexto de instalar un puesto en algún espacio de Ciudad Universitaria. Por esa razón, los nombres de cada uno serán cambiados.
Martín heredó la estafeta de su padre como vendedor de café en la Facultad de Filosofía y Letras. El principio fue difícil, dice. Hace más de 15 años cargaba el agua caliente en un termo y el resto de los insumos en una bolsa. Él y su padre entraban a los pasillos de la facultad, con las debidas reservas para no ser sorprendidos por personal de vigilancia.
“Cuando nos tocaba la de malas”, recuerda, eran “invitados” a salir y con la advertencia de no regresar porque no estaba permitido el comercio de esa manera. No hacían caso a la sugerencia y volvían nuevamente con termo en mano.
Los vigilantes “ya hasta nos conocían”, cuenta orgulloso la hazaña y agrega que lo importante era “luchar por el lugar”. El cuento parecía nunca acabar, hasta que Martín y su padre fueron avisados por los vigilantes –quienes tantas veces los habían sacado– que podían solicitar un permiso para poder vender sin que fueran molestados.
“¡Le dimos al clavo. Nomás querían dinero! No les molestaba que vendiéramos, sino que no pagábamos”. Tramitaron un permiso y “san se acabó”. De ahí en adelante los miembros de Patrulla UNAM sólo verificaron que tuviera la credencial que lo acredita como comerciante “concesionado”.
Su puesto es una mesa de poco más de un metro largo, en la que vende café y pan. Tenerlo funcionando 12 horas diarias de lunes a viernes le permite pagar la cuota mensual de cinco mil pesos.
El pago depende del giro comercial y el tamaño; las barras (puesto fijo construido por la Universidad) es concesionada por 10 mil o hasta 20 mil pesos mensuales, o se puede pagar por año; las cafeterías dentro de las facultades pagan una cantidad superior y puestos de libros, por ejemplo, se paga sólo mil 500 pesos mensuales.
Martín recomienda a quienes quisieran instalar un puesto en esa facultad que “mejor busque en otro lado, porque aquí ya está muy saturado”. Son los mismos comerciantes tolerados quienes “sugieren” a los que intentan vender que se retiren.
“Todos tenemos necesidad, pero no es justo que uno haiga (sic) batallado por conseguir un lugar, pagues y que otro venga a quererse poner así nomás”, argumenta. En cambio, hay espacios, donde se podría iniciar un negocio. “Le ando echando el ojo a un huequito de la Facultad de Química. Ahí casi no hay puestos. En estos días iré a pedir mi permiso”, dice.
Filos, caso especial
Al concluir la huelga 1999-2000, que mantuvo paralizada a la Universidad por 10 meses, estudiantes que sobrevivieron al movimiento tomaron el auditorio Justo Sierra, mejor conocido como el Che Guevara de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y con él, también acapararon parte del pasillo.
“Mi chavo empezó a vender libros después de la huelga. Ahora vendemos los dos”, comenta Alma, estudiante de Filosofía. “Nosotros no pagamos ninguna cuota porque aquí se ganan los espacios. Después de la huelga no teníamos trabajo y cada quien empezó a venir diario y vender algo”.
Así, después de ocho años, aún conservan sus lugares. Todos los días, casi durante todo el día, por el pasillo que dirige a la facultad, se puede encontrar joyería de plata, libros, películas, discos y programas piratas, colguijes, ropa, comida...
“Es para ayudarnos con nuestros estudios”, dice Alma. “Pero, como ves, ya no hay lugar. Si alguien quiere venir a vender podría ponerse un rato, antes de que todos (los vendedores) lleguen, a la hora de entrada a clase o nada más checar quienes no viene y ocupan su lugar por un día. Así se van ganando los espacios.
Los primeros puestos del pasillo, aproximadamente 10, son los herederos del movimiento estudiantil, pero “los que están aquí no son los mismos que se quedaron después de la huelga”, acota. Ninguno de ellos tienen que rendirle cuentas ni a las autoridades de la facultad.
La división entre los herederos y el resto de los vendedores es imperceptible para el estudiante común, pero Alma la reconoce fácilmente. “Ahí donde está el puesto de películas”, señala. Pocos metros antes de llegar a la entrada de la Facultad está El güero, “el tipo parece que siempre está alcoholizado”, comenta. Es un hombre robusto de aproximadamente 50 años, se asume como líder de los comerciantes, pero sólo “quiere verle la cara a los que se acercan para pedir permiso para vender”, dice. A veces hasta “chelea con los de patrulla UNAM”, piensa que eso le da poder para auto nombrarse líder, concluye.
Detrás de esta ellos, hay otra fila de ambulantes. Las mujeres indígenas, incluso, acomodan su mercancía -ropa bordada sobre todo- en las paredes del camino. Ellas tampoco pagan cuota alguna, los estudiantes que tienen tomado el Che les dieron permiso.
Un puesto tras otro continúa por ese pasillo; entronca con el acceso paralelo a la entrada de la Biblioteca Central. Más puestos que todos los días exhiben: ropa, bolsas de mano, sombreros, lentes para sol, libros, colguijes, objetos artesanales.
La señora Bertha tiene siete años vendiendo en la Facultad. Ganó el espacio igual que Martín. Tendía su puesto y la quitaban, una y otra vez. Luego, varios comerciantes se organizaron y consiguieron permiso para vender, pero “ya somos muchos”, reconoce.
El director de la Facultad nos permitió vender aquí, “por eso ya no dejamos que se ponga más gente”, asegura. Sólo en casos excepcionales. Hay dos o tres lugares, en las escaleras que dirigen hacia la Facultad de Derecho que están reservados “para quien lo necesite”.
Los s indígenas de Guerrero, Oaxaca, Tabasco y otros estados que llegan con artesanías “sí los dejamos vender” porque sólo están en la ciudad por temporadas. “También se nos acercan egresados de la filos que no consiguen trabajo y no les queda otra que entrarle al comercio”.
Cada uno paga una cuota mensual, pero lo que corresponde de los lugares que les prestan a los indígenas y estudiantes “lo pagamos entre todos. Ése ha sido nuestro acuerdo”, comenta.
Con la nueva administración “quien sabe qué nos vaya a pasar”, porque “Narro no quiere a los ambulantes”, dice. En la Facultad de Medicina, donde José Narro Robles fue director, “quitó a los compañeros porque según daba mala imagen para la escuela”.
Ahora como rector, “todos estamos con miedo de que nos vaya a quitar”, pero si las autoridades universitarias intentan limpiar de ambulantes, lo tendrían que hacer también con los herederos de la huelga y “quien sabe si se dejen”, explica. Pero confía en la flexibilidad del actual director, Ambrosio Velasco.
Bertha tiene más de 50 años, “a mi edad ya no nos contratan o nos quieren pagar una miseria”, de ahí su miedo a que le quiten su “fuente de trabajo”.
Todos buscan vender en filos porque saben que pasa mucha gente porque va a la Biblioteca Central, pero “mejor busca otro lugar”, recomienda a su interlocutora. “Mi comadre me dijo que en Políticas hay chance. Ahí sí están dejando poner o, si no, busca en otras facultades”.
Ésta es la manera de invadir espacios en un área que delimita a la zona central como patrimonio cultural de la humanidad, declarado por la UNESCO el año pasado.
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Cualquier persona que intente vender, primero debe ubicar el espacio de su interés, acudir con el director de la Facultad para pedir permiso y luego presentar una solicitud ante la Dirección General del Patrimonio Universitario dirigida a la titular, María Ascensión Morales Ramírez.
En dicha oficina se determina la viabilidad de la petición, pero “por ahora no se está dando autorización; ya está cubierta la demanda que la UNAM necesita, pero de todos modos inténtelo”, dice vía telefónica Roberto Sánchez, director del área de Autorización y Permisos a la supuesta solicitante.
Durante el periodo de sucesión de rector del año pasado, el todavía candidato José Narro Robles, aseguraba que la transparencia y rendición de cuentas era fundamental para cualquier institución y en la UNAM no sería la excepción.
No obstante, Milenio Semanal solicitó a oficina de comunicación social una entrevista con la maestra Morales Ramírez, para conocer los datos que la Universidad tiene registrados –dado el mecanismo de asignación de permisos– acerca del número de vendedores registrados y el tabulador de cuotas para cada giro.
Toda vez que “vigilar y controlar los servicios prestados a la comunidad, así como la generación de ingresos por la comercialización y explotación de los bienes y derechos patrimoniales de la Universidad” es una de las funciones de la dirección, según se lee en su página de internet.
La entrevista fue negada bajo el argumento de que no se acostumbraba que el encargado de esa oficina diera declaraciones; a cambio, comunicación social ofreció facilitar dichas cifras; pero hasta el cierre de esta edición y después de un mes, la información no fue proporcionada.
Políticas, comercio emergente
“Esto es la onda”, afirma Roberto, un vendedor de tortas. Antes tenía concesionada una barra, pero no pudo seguir pagando. Decidió regresarla y poner un puesto en una de las explanadas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Ahí no paga nada porque el director, Fernando Pérez Correa, concedió el permiso.
Por los pasillos que dirigen hacia los auditorios, los vendedores ocupan las rampas para exhibir su mercancía: discos piratas, programas para computadora, colguijes, libros.
Pero por la tarde, “esto parece el pumatianguis”, dice Marlene, estudiante del cuarto semestre de Ciencias de la Comunicación. “Se suponía que con la apertura de la cafetería se iba evitar el comercio ambulante, pero nada”. “Cuando todos están vendiendo, la verdad es que se ve bastante feo y no puedes ni pasar”.
En el último año, la explanada de la entrada a la facultad, donde hay mesas y bancos de piedra para que los estudiantes se reúnan, se instala un puesto carrito de café, uno de hamburguesas, otro más de quesadillas, y más al fondo uno de dulces y tortas. En la entrada del edificio A, una otra señora vendiendo tacos de guisado. Y entre los planes de algunos está poner otro puesto más en la misma facultad.
Para Jesica, egresada de la carrera de Administración Pública, los precios son los casi los mismos que en la cafetería, pero a veces, es más rápido el servicio en los puestos ambulantes. “Además hay compañeros que traen poco dinero y, a veces, con una quesadilla tenían”.
“Estamos en políticas y sería ilógico que no nos organizáramos”, sostiene Roberto. Hace poco menos de un año, sugirió a los vendedores para formar la Unión de Comerciantes de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.
Con la intención, dice, de defenderse “de la autoridad” si quisiera retirarles el permiso, o de algún “malora que quiera echar pleito a algún compañero”. Tienen una reunión anual en la cual discuten las problemáticas de los 20 comerciantes que la integran.
No existen cuotas porque, además de haberlo negociado con el director, “también apoyamos al sindicato” en las movilizaciones y a los estudiantes, sobre todo a grupos de la Facultad como Conciencia y Libertad, Jóvenes en Resistencia Alternativa, Salvador Allende y otros que tienen cubículo de reunión en los edificios.
Efectivamente, el Sindicato de Trabajadores de la UNAM (STUNAM) también ha encontrado un nicho de apoyo en los vendedores ambulantes, sostiene Pilar Savedra, integrante de la Coordinadora de Trabajadores en Resistencia, grupo disidente a la organización gremial oficial.
Los vendedores ambulantes asisten a apoyar a quien dirige el sindicato desde los tiempos de Evaristo Pérez Arreola, líder del sindicato de 1977 a 1989, y hasta Agustín Rodríguez. “Los han utilizado hasta para votar en momentos de elecciones de la dirigencia dentro del sindicato”, afirma.
Además, son los familiares o los mismos sindicalizados quienes tienen puestos ambulantes. Un caso concreto fue el de la ex encargada de la bolsa de trabajo de la Facultad de Psicología, Patricia Gutiérrez, quien era dueña de varios puestos ambulantes por el amparo del sindicato, asegura Savedra.
Poco a poco ganan espacios. Buscan los huecos para instalarse en territorio puma. Incluso, también se presenta ya otra modalidad de ambulantaje en la mayoría de las facultades de Ciudad Universitaria. Mujeres indígenas que van caminando y ofreciendo pulseras, cigarros o dulces en las manos. Lo mismo sucede con los vendedores de tacos de canasta que andan en bicicleta y los de congeladas Bon ice. De ellos no existe control ni registro por parte de las autoridades ni del sindicato.
sábado, marzo 01, 2008
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