lunes, febrero 05, 2007

Fantasma

Este sábado, después de visitar a Chabe, iba a ir a una fiesta, aunque realmente no tenía ánimo, pero finalmente vi a David.
Sí, al mismo que un día vi desaparecer de entre la calle. Con el que compartí cosas lindas cuando fuimos novios. Estuvo durante parte de la prepa y principio de la universidad conmigo.
Fue muy curioso que a él sí me lo haya encontrado un par de veces en la calle sin desearlo si quiera. No porque hayamos terminado mal, sino porque me recordaba mi cobardía. Cuando nos veíamos, afortunadamente, cada quien estaba acompañado, y sólo cruzabamos miradas y sonreíamos.
En estos años, seis para ser exactos, nunca dejó de llamarme por teléfono. A veces cada seis meses, a veces cada año. Escucharlo me hacía preguntarme si su llamada era porque estaba muy bien, o porque se sentía muy mal. Sólo me preguntaba cómo estaba, que estaba haciendo, y yo le respondía y le decía que se cuidara mucho. Las conversaciones no duraban más de cinco minutos.
Hace un mes recibí otra llamada que, supuse, era igual que las anteriores; esa vez me pidió mi número de celular. Dos días después recibí el primer mensaje y después de un poco de chateo me pidió que nos viéramos. La poco coincidencia en nuestros tiempos a penas nos permitió el encuentro el sábado pasado.
No se cómo describirlo, pero fue muy raro. Una mezcla de alegría, nostalgia, miedo...
Físicamente está igualito. No le noto gran cambio. Creo que yo soy más distinta a hace seis años. Sigue vistiéndose igual. Recorrimos casi el mismo camino que en esos años, y si no me hubiera visto en el reflejo de las puertas del metro, sentí como si estuviera teniendo un recuerdo muy vivo.
-No puedo decir que no a un pastel, le comenté, y creo q lo sabía, en esos años le decía lo mismo; me replicó, mientras le echaba azúcar a su café, -Y a mí, como siempre, todo me gusta muy dulce. Yo también lo sabía.
Me contó lo que le pasó todo este tiempo. Sabías que me drogaba desde que estaba contigo. Sí, le confirme. Sólo que nunca me atreví a preguntar por el miedo a que me lo confirmara.
Después del día en que no pude más y sentía casi como carga nuestra relación y decidí terminar, el camino que él recorrió fue muy difícil. Centros de reclusión, más problemas con su familia, soledad y una relación sentimental destructiva fueron las constantes estos años.
Le pedí perdón por alejarme de él en lugar de tratar de ayudarlo. Yo sabía que tenía problemas y poco a poco me convertí en su madre. Quería protegerlo, le daba jalones de orejas, le explicaba las esperanzas que tenía en que saliera adelante (en ese momento sólo me refería al trabajo), y nunca funcionó. Cuando le escurría sangre de la nariz me decía que porque había jugado basquet y se había lastimado... y yo hacía que le creía...
Un día me cansé de eso. Le dije que no podíamos continuar con nuestra "relación", que estaba muy desgastada y que era mejor separarnos. El lo aceptó. Nos abrazamos por última vez y se fue. Eran las 12 de la noche, todavía lo recuerdo, porque ese día me había armado de valor y aunque la conversación se alargó más de lo que calculé, quería acabar de una vez.
Traté de olvidarlo y lo logré. Pero hace un tiempo repasé nuestra relación. Creí que nos habíamos querido muchísimo y que yo había tenido miedo de ayudarlo a salir de la dependencia a las drogas. E incluso pensé que después de la ruptura se habría metdio más cosas...
Por eso le pedí perdón. Huí porque no supe como enfrentar eso. Preferí darme la vuelta y dejarlo con sus broncas. No quería inmiscuirme más en eso.
Me contestó que no tenía nada que perdonarme, que todo pasa por algo y que no era mi obligación en ese momento echarme a cuestas problemas que no me había buscado.
Tal vez sea cierto, pero no dejé de sentirme mal.
Después me pidió perdón porque nunca sintió la confianza suficiente para contarme lo que sentía y después de todo lo que le pasó, descubrió que había confundido amor con necesidad. No me amaba como me decía, me necesitaba. -Necesitaba verte, aunque a veces fuera para discutir.
Ahora lo entiendo, quería ser escuchado, yo lo escuchaba; necesitaba ser querido, yo lo quería... Era dependiente de mí. No es fácil escuchar una confesión así, y supongo que para él no fue fácil descubrirlo.
Superó lo de las drogas, dijo que no había tenido el valor de verme a la cara porque en estos años nunca estuvo bien. Ahora, dice, está rehabilitado, luchando día a día contra eso y contra las mismas condiciones que cuando tenía 17: la soledad y desconfianza.

Ahora yo no estoy pasando por mi mejor momento y le conté muchas cosas. Me veía de forma rara y me dijo que me conocía tanto, que sabía lo que había luchado por las cosas y que por eso era su ejemplo. Tampoco es fácil escuchar eso, pero se lo agradecí.
Era de madrugada ya; después del café, platicamos afuera de mi casa otras dos horas sin darnos cuenta, como antes. Nos dimos un abrazo muy fuerte, me dijo que si necesitaba algo sólo lo llamara, y nuevamente lo vi alejarse. Con una mochila en la espalda, con una chamarra y zapatos de su marca favorita, Nike, con una gorra azul (también ese es su color favorito), pero ahora con 26 años de vida y la experiencia de un camino demasiado pedregoso.

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