jueves, agosto 18, 2005
Atalhuilco: Niños con esperanza
Nayeli Roldán
Mauricio Tlaxcala tiene ocho años. Vivía en Los Pinos. Sólo comía frijoles y tortillas. Ahora está separado de sus padres por temporadas, pero asegura: "Me gusta estar aquí porque como y duermo bien, además me ayudan a hacer mis tareas, aunque sí extraño mucho a mi mamá". Él es uno de los 65 niños que habitan en el albergue Profesor Rafael Ramírez Castañeda en Atlahuilco, Veracruz.
Enfrente la sierra; a un lado sembradíos de rábano, calabazas y cilantro; detrás las escuelas. El albergue recibe a menores de la comunidades indígenas Tepechitla, San Antonio, Pilapa, Xochititla y Los Pinos, entre otras. De lunes a viernes este hogar representa la oportunidad para que los hijos de muchas familias, que viven a varios kilómetros de distancia de los planteles escolares, puedan seguir estudiando. La lejanía provocaba deserción. "Cuando no tenía para el camión nos veníamos caminando, hacíamos hasta tres horas de camino", comenta Rosa, una madre de familia.
Pero la lucha para acceder a la educación no sólo se enfrenta al obstáculo de la distancia, sino también de la carencias alimenticias. "Mi esposo siembra frijol, maíz, haba; gana 30 pesos al día; no nos alcanza para comprar carne", cuenta María, la madre de Mauricio Tlaxcala. En el albergue llevan una dieta balanceada, comen tres veces al día, mientras en sus hogares ni siquiera tomaban leche y el consumo de pescado o pollo era esporádico.
Los pequeños viven allí de lunes a viernes. Son dos cuartos llenos de literas. En uno duermen 36 varones y en otro 29 mujeres. Descansan nueve horas. La jornada empieza a las seis de la mañana, les da tiempo para arreglarse, desayunar y llegar a la escuela con toda tranquilidad. A las dos de la tarde, la hora de la comida, comienzan a tomar sus lugares en las largas mesas del comedor. Unos frente a otros. Algunos son hermanos o primos, procuran cuidarse y comer siempre cerca. Las dos ecónomas —llaman así a las cocineras— a penas se dan abasto para servir.
Cada quién lava el plato donde comió. Se dividen por "comisiones" para los quehaceres. Son cinco o seis los que integran un grupo, los más pequeños igualmente ayudan. Barren el patio, lavan los baños trapean los cuartos. En las tardes sus padres los visitan. "Vengo a ver diario a mis hijos. A Juan Manuel, de seis años, porque me extraña y llora mucho además es muy enfermizo. Siempre le digo a Carlos Alberto, de diez años, que cuide a su hermanito", dice Susana Barragán, madre de cuatro hijos. Lava y plancha ropa ajena para mantener también a otros dos pequeños de cuatro y tres años de edad, porque su esposo "se fue con otra mujer hace dos años".
Las profesoras les ayudan con sus tareas, para "reforzar lo aprendido en la escuela", comentan. En el salón de usos múltiples les dan clases de computación, "me gusta mucho Paint, porque sirve para hacer dibujos", afirma Mauricio. También utilizan Word para los escritos. Además consultan Encarta o diccionarios y enciclopedias puestos en tres anaqueles que fungen como biblioteca.
Asimismo, realizan ejercicios de comprensión y fomento a la lectura. "Escogen un cuento, lo leen y luego tienen que escribir en la computadora lo que entendieron", comenta la profesora Beatriz Adriana González, enviada ahí por el Consejo Nacional de Fomento a la Educación (Conafe).
Los aspirantes
Noventa niños, de entre cinco y dieciséis años, desean entrar al albergue cada año escolar. Sólo aceptan a unos cuantos para mantener la cifra de 65 menores. Para ser seleccionados deben tener promedio mínimo de ocho, hablar una lengua indígena y que sus padres ayuden con labores de mantenimiento para la edificación.
Con respecto a las calificaciones de los alumnos, Pedro Martínez, coordinador del albergue, dice que en realidad son muy flexibles. La tolerancia para el promedio es alcanzar mínimo siete, pues entiende la situación de los niños, "de qué sirve que aquí coman bien, si cuando se van a sus casas los fines de semana no tienen buena alimentación".
Efectivamente, el escaso consumo de nutrientes ha dejado estragos en sus jóvenes organismos. Tienen manchas blancas en las mejillas contrastando con su piel oscura. La mayoría de los niños son muy delgados de aspecto frágil y cuando sonríen, muestran los puntos de caries de sus dientes.
Rosalba, de quince años, está en el último año de secundaria. En el albergue no sólo se alimenta y duerme bien. "Mi mamá me dice que pronto tendré que casarme, pero yo quiero ser doctora. Me gusta estudiar, saco buenas calificaciones", dice. Sus padres, como la mayoría de los lugareños, siembran frijol. Probablemente "no tengan dinero para mandarme a la preparatoria en Orizaba", comenta. Sus hermanas sólo cursaron la primaria y procrearon por primera vez a los dieciocho años. Rosalba dice tener miedo de correr con la misma suerte.
La edad límite para permanecer en el albergue es de diecisiete años, pues según Ramón González, Delegado Estatal para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, la educación básica comprende hasta la secundaria. Y el profesor Roberto indica que no podrían hacerse responsables de jóvenes mayores de edad, asimismo afirma que los chicos admitidos tienen buena conducta pues el sitio tiene el cometido de "albergue más no de reformatorio".
Agradecimiento
Pedro Martínez Hernández, también "fue un niño albergue", es profesor y ahora funge como coordinador. "Prácticamente ellos son mi familia, paso más tiempo aquí que en mi casa". Dice que "es una manera de agradecer, la oportunidad que me dieron". Al antropólogo Luis Luna Vicente, le sucedió lo mismo. Ahora se desempeña como titular de una dependencia en Veracruz de la Comisión Nacional para Pueblos Indígenas.
El albergue Profesor Rafael Ramírez Castañeda recibió a varios visitantes. Hace cuatro años, en la inauguración, estuvieron Miguel Alemán Velasco, entonces gobernador del estado de Veracruz; Xóchitl Gálvez, representante de la Oficina de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los pueblos Indígenas; Humberto Aldas Hernández, director general del entonces Instituto Nacional Indigenista y Vivian Alegría, presidenta de la Fundación Coca- cola.
De ese tiempo hacia ahora, el lugar requirió de atención al deterioro. Para eso se sumaron los visitantes, a observar su rehabilitación. Los ojos de los pequeños brillaban de asombro cuando el enorme autobús se acercaba al enrejado del albergue. Niños de una lado, niñas de otro formaron una fila para recibir a los visitantes entre aplausos y sonrisas.
Sus uniformes limpios y planchados, parecían nuevos. Se acomodaban en las sillas del pequeño jardín después que sus invitados. Algunos padres de familia los acompañaron. En la "mesa de honor" se veía a: Luis Alfredo Hernández Cerezo, presidente municipal de Atlahuilco; Ramón González, Delegado Estatal para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y profesores.
Niños vestidos con trajes típicos náhuatl bailaron con flores en las manos. Se acercaron al "presidium" pasando incienso y ofrecieron un collar y corona de margaritas a cada integrante, además de una flor de nardo. Al mismo tiempo, una pequeña de cinco años tomaba de su canasta pétalos de flores y los arrojaba a los visitantes con mucha fuerza —más de la esperada por alguien de su edad—, saltaba para alcanzarlos, aunque en algunos momentos los tomaba por sorpresa. Todo como muestra de agradecimiento.
Una vez deshecho el formalismo, los niños seguían por cada rincón a los asistentes. Los baños, las recámaras, el comedor. Después de la comida se les presentó una gran oportunidad. Se escuchaba música a través de los bufers instalados para los discursos y el micrófono estaba sin ningún resguardo. Canciones de RBD y Belinda fueron interpretadas de principio a fin por niños de todas las edades que sin saberlo hicieron karaoke.
FINAL
Recuadro:
Para su construcción:
La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas aportó 2 millones 200 mil pesos.
Fundación Coca Cola dio un millón de pesos.
Cada niño representa un gasto de 21 pesos por día.
Hay 3 mil 825 niños en 80 albergues en el Estado de Veracruz.
17 millones de pesos por año escolar (300 días) son los destinados a albergues por el gobierno federal a través de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.
Este texto fue publicado en Milenio Semanal (hace veine días)
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