El diluvio
Nayeli Roldán
Desde niña me acostumbré a ser muy independiente —aunque siendo hija única no tuve muchas opciones— Aprendí a disfrutar de mi espacio y a aceptar que no siempre podía estar acompañada. Pero un día experimenté una sensación que no había tenido antes.
Mi mamá me había prometido que iríamos al circo con su amiga Sara y su hija, quien tenía la misma edad que yo: nueve años. La función sería en la noche. Apenas estaba oscureciendo cuando comenzó a llover fuertemente.
Nunca le había temido a los truenos, pero ese día sí me asusté; tanto, que creía que nunca se detendrían. De pronto la casa quedó a oscuras. No sabía qué hacer. Abrí la puerta que daba al balcón. Ahí me quedé. Veía a todas las personas correr para meterse a los comercios aledaños.
Los minutos me parecían una eternidad y mi mamá no llegaba. Ella siempre cumplía sus promesas. Comencé a imaginar que algo malo le había pasado. Empecé a llorar; tuve mucho miedo.
Perdí la noción del tiempo, pero de pronto llegó mi madre. Estaba empapada. La abracé inmediatamente; me preguntó si me había asustado. Le contesté que no, y por la oscuridad no notó mis ojos llorosos. Sentí un gran alivio. No sucedió nada de lo que había imaginado. Se detuvo el que creí diluvio y tampoco habían pasado tantos minutos como imaginé.
Estábamos en el espectáculo y ni siquiera me importaba que la hija de Sara estuviera igual de feliz que yo. Sin embargo mi alegría no era por los malabaristas y payasos, sino porque estaba conmigo mi mamá después de lo que me pareció, mi más grande soledad.
jueves, noviembre 10, 2005
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario