Nayeli Roldán
Cuernavaca, Morelos
Esmeralda hace la suma de la venta de un collar, un par de aretes y una pulsera de cornalina. Son 95 pesos. En náhuatl, Eliud, le dice que hizo mal la cuenta, que son 85 pesos. Esmeralda le hace un gesto y repite la operación mentalmente; comprueba que el resultado es el correcto.
Ella tiene 11 años y va en sexto de primaria. Hoy cumple ocho días de haber regresado a clases a la escuela Profesor Gregorio Torres Quintero, pero después de este ciclo ya no irá a la secundaria porque se dedicará a vender collares todo el día, como lo hizo durante las vacaciones y los casi dos meses que sus maestros mantuvieron cerrada la escuela.
Es la segunda de tres hermanos y asegura que le gustan las matemáticas. Cuando escucha la pregunta que para muchos es obvia, ella se queda muda. ¿Qué te gustaría ser de grande? Después de unos segundos contesta que no podrá seguir estudiando porque en su familia sólo terminan la primaria, “nomás con que sepamos leer y escribir, está bien”.
En el zócalo de Cuernavaca, en las jardineras, su mamá acomoda los collares, pulseras hechos de diferentes piedras que son apreciadas sobre todo por los extranjeros y en las vacaciones, la mayor parte del día Esmeralda atiende el puesto. Su hermana, Maribel, un año mayor que ella “no le gusta venir” y se queda en casa armando los collares.
Desde el 18 de agosto, a causa del rechazo de la Alianza por la Calidad de la Educación, muchos maestros se mantienen todavía en paro de labores. Hasta antes del martes pasado, Esmeralda llegaba a las 8 de la mañana al zócalo y dejaba de vender entre 13 y 15 horas después. Admite que le gusta más ir a la escuela aunque procura no dejar ir a ningún cliente sin que compre algo. Insiste sobre la belleza de las piedras y ofrece rebajas atractivas para los bolsillos, sobre todo del turismo nacional.
Eliud es su prima, va en quinto año y su hermana, Flor, en segundo. Cuando sus padres veían las noticias en la televisión, en la que se daba información sobre las acciones del magisterio, los escuchaba decir que “va a haber clases hasta diciembre o hasta dentro de un año”. Dice que no le gusta mucho la escuela, aunque no aclara porqué. A diferencia de Esmeralda, ella rehúye la conversación.
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En Xoxocotla, municipio de Puente de Ixtla, ninguna de los cuatro preescolares, seis primarias, dos secundarias generales y una secundaria general. Es el pueblo que enfrentó a efectivos policíacos y militares el 9 de octubre y apoyan a los maestros, aunque algunos padres de familia, como Flor Palacios ya no lo hace tanto.
Kevin Josué y Dylan Israel, van en tercero y segundo de primaria, Evelyn Monserrat pasó a quinto. “Guardo los libros de mi hija y con esos les estoy enseñando a los otros dos. A ella la pongo a que revise sus libros del año pasado, pero ya no se cómo entretenerlos. Les pongo las clases en la tele, pero les aburren rápido y yo no puedo ver otra cosa”, dice Flor.
Rosa es madre de dos niños a quienes no puede cuidar porque trabaja como mesera prácticamente todo el día. Pero Jesús, tiene seis años y está feliz de no ir a la escuela. “Me gusta jugar, ver la tele y comer”, cuenta entre risas, y ahora, en sus “vacacionsotas” (sic) lo hace más seguido.
Daniela, está contenta con su mochila rosa de Las princesas. Aunque fue a clases en Chilpancingo durante un mes, “se llevó la mochila vieja”, cuenta Araceli, la madre. “Mi mochila nueva la quería estrenar hasta que fuera a mi escuela, la Benito Juárez”, en Cuernavaca, dice la estudiante de segundo año.
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