miércoles, abril 26, 2006

Carlos¨Pascual

Nayeli Roldán

Carlos Pascual, autor de la Operística en Canal 40, La Marta del Zorro y Pejemán vs El Hijo del Averno, entre otras, define al teatro político como una catarsis necesaria para el público y un forma de incomodar a quienes están en el poder. Pero, con un asomo de malestar, flexiona sobre lo difícil que resulta hacerla en este momento, debido a la competencia desleal de la televisión que lo está contaminando, al grado de convertir a los políticos en simples personajes de una comedia de situación, perdiendo con ello la esencia de la sátira: una crítica ácida y demoledora.

¿Es necesario el teatro político en México en este momento?

Siempre es necesario, porque la revista política que se hace con sentido crítico, es un escaparate y una catarsis para el público. Se hace para incomodar a los poderosos no para irse a desayunar con ellos. Sólo que ahora se está cayendo en un exceso de banalización.

¿La televisión la ha desvirtuado?

La televisión encontró que era un buen negocio hacer burla de las figuras políticas. Se está yendo al punto amistoso y la sátira política no debe ser amistosa ni complaciente. La televisión está viciando la sátira, cuando ves a Rubén Aguilar imitando al que lo imita en televisión. Se perdió la esencia porque ya no hay una crítica ácida, demoledora. Cuando hay un (personaje de) Salinas explicando que le gusta más la derecha porque juega bien al balero y con la izquierda no, ¿dónde está la crítica, la visión irreverente de un satirista? Se está usando a los políticos como meros personajes de un programa de comedia y algo redituable. Lamentablemente el público lo está percibiendo como sátira política, como libertad y eso afecta a quienes hacemos sátira en teatro. Tenemos una competencia desleal en la televisión. Inclusive en los programas de comedia, donde se hacen bromas con sentido político.

Entonces ¿habría que tener un límite?

No. El límite lo va a poner finalmente el público, como se lo hace a todos. A los candidatos con el ausentismo pavoroso, a los excesos verbales del presidente y de su esposa. El público le pondrá límite a esos programas chapuceros. Finalmente regresará a encontrar las diferencias.

¿Cómo ha sido la libertad de expresión en este sexenio?

Nunca ha dejado de existir la sátira política desde que existe la política, aunque sea con algunas restricciones en sexenios anteriores, pero ahí se mantuvo, en las carpas, el cabaret, luego el teatro. Podrán decir que gracias a (Vicente) Fox tenemos libertad, yo creo más bien es gracias a que hemos picando piedra, ganando espacios.

¿Has tenido una llamada de atención por alguna sátira?

Sólo en una ocasión por cuestión comercial en Canal 40, cuando estaba a punto de firmar un convenio comercial con Telmex para una campaña publicidad muy redituable. En ese momento estaba muy fuerte el problema del monopolio en las comunicaciones y yo hice una operística sobre Slim y el monopolio. Lo detuvieron. Además de eso, sólo algunas llamadas de Marta Sahagún para quejarse. Nada más.

Ensayo para entenderlos

Después de diez años de hacer sátira política, Carlos Pascual confiesa que, revisando operísticas de hace seis años las situaciones resultan vigentes. Los mismos personajes en el mismo juego que aburre a la gente. “Antes eran tepocatas, ahora son chachalacas. Durante este tiempo me he dado cuenta de que los políticos venden imagen y son mentirosos y que el poder corrompe a cualquiera, indudablemente. Tal vez la próxima obra que escriba no sea una sátira política sino un ensayo sobre el poder”.

¿Ya no criticarlos, sino entenderlos?

La crítica siempre va a existir, pero me gustaría escribir sobre un personaje que llegue al poder y que se cuestione sobre posibilidad de beneficiar a sus allegados. Para quienes hacemos sátira política es fácil reírnos de las acciones de los demás, pero también podríamos preguntarnos que haríamos en su lugar. Porque no creo que a Marta Sahagún le hayan enseñado a actuar como lo hace. Es la seducción del poder. Más que reírme, me gustaría saber que pasa en ellos. Sería como analizar desde lejos. Por ejemplo, en qué momento López Obrador, que hasta hace dos meses respetaba la institución presidencial, decide gritarle ‘ya cállate chachalaca’. En qué momento les hace clic en la cabecita y empiezan a enloquecer. Cómo, Felipe Calderón, de ser un señor esteriotipado, seco, se pone una camiseta y un short y corre bufando detrás de una pelota. En qué momento se van al despeñadero por el poder.

Finalmente, Pascual sostiene que la misión de la sátira política es tener una visión crítica y no cejar en el empeño. Además, “es difícil que no trascienda los límites, para no convertirse en una cosa oficialista o bien en una cosa chambona o libelo. Ese es el peligro: conservarlo como un ente puro.

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