Los asesinos: ¿nacen o se hacen?
Asesinatos crueles, secuestros y otras muestras de violencia extrema son ya comunes en México. De acuerdo con los especialistas, factores como la genética, la falta de credibilidad de las instituciones y el individualismo son caldo de cultivo para estos hechos
Nayeli Roldán
En 1998 fue capturado Daniel Arizmendi, un delincuente que causó indignación, asombro y repudio entre la población. “El secuestrador más sanguinario”, decía la PGR. Para ejercer presión, le cortaba una o ambas orejas a sus víctimas, de ahí su apodo. En enero de este año, arrestaron a la llamada Mataviejitas, quien, se ha demostrado, mató a 10 ancianas. A la par, fue aprehendido El sádico. Asesinaba a homosexuales. Otro más reciente, es el caso del llamado Asesino de Cumbres: un joven de clase media que acuchilló a dos menores de edad. También, en otros casos, se asesina en colectivo: los linchamientos. El más estremecedor fue el ocurrido en Tláhuac en noviembre de 2004. Estos casos, y tal vez otros menos difundidos, son muestra de los límites traspasados por personas que parecían comunes y corrientes.
Los asesinos no crecieron apartados del resto de la población, ni creados espontáneamente. Fueron compañeros de clase, vecinos o amigos de alguien. Es decir, forman parte de una colectividad que ha servido como caldo de cultivo para accionar como si fuese una película de suspenso, sin embargo, la realidad es todavía más devastadora.
El origen de la violencia, que tiene como muestra extrema la privación de la vida, es resultado de transformaciones sociales, aunado a un detonante, ya sea igualmente social o hasta genético.
El doctor Dr. Manuel Gonzáles Oscoy, catedrático de la Facultad de Psicología de la UNAM, refiere que desde la década pasada se han hecho investigaciones para determinar si existe una predisposición genética en un individuo para ser violento o hasta asesino.
Uno de los resultados que se han encontrado es que “una de las enzimas que puede tener incidencia directa en la violencia es la Monoamino Oxidasa A. Los individuos que tienen una baja actividad de ésta, tienen una gran probabilidad probabilidad de desarrollar trastornos de conducta y un altísimo porcentaje de cometer un delito antes de los 26 años”.
Las investigaciones en genética, dice, intenta explicar la interrogante de por qué no todos los que sufrieron abuso de pequeños son asesinos y por qué hay otros que delinquen sin tener este componente emocional. “Se ha visto que la herencia, la secuencia cromosómica, sirve como catalizador o facilitador. Por ejemplo, una persona puede tener una sustancia dentro de su código genético que responde con mayor facilidad a cuestiones de tipo emocional y de agresión, por la incidencia que tienen en la secreción de neurotransmisores —actores con los que trabaja el cerebro para modular la conducta—.
González Oscoy menciona que los asesinos tienen varias características de personalidad ocasionadas por las agresiones de que fueron víctimas desde corta edad; o también, pueden responder de manera violenta debido a un estado emocional intenso como enojo, celos, temor. Se presentan de tal manera que llegan a afectar la capacidad de raciocinio y sólo responde al momento emocional que se está pasando.
Existen casos de asesinos seriales en todo el mundo, hasta casos célebres como el de Charles Manson. En México, Juana Barraza, La mataviejitas, ocupó gran atención de autoridades policíacas del Distrito Federal luego de encontrar en 24 asesinatos de ancianas el mismo modus operandi: asfixiar a la víctima con objetos encontrados en la casa.
“En los casos de asesinos en serie, se ha encontrado que el 90 por ciento de ellos, sufrieron una agresión de pequeños. La mataviejitas, tuvo el abandono de la persona que más la debería de querer: su madre, es la primera agresión psicológica; el segundo abuso de la persona que debía protegerla, es sexual; luego se enfrentó a dolores fuertes como fue la muerte del hijo. Entonces se va formando un caldo de cultivo que en un momento puede haber situaciones que lo disparen. Ella se ganaba la confianza de la gente mayor y había un momento en que surgía la chispa violenta. Y además tenía entrenamiento de violencia y eso muestra una agresividad que no sólo se vuelve impune sino a veces hasta reconfortante”.
Sin embargo, la violencia es multifactorial, sobre todo del ambiente. El sociólogo Miguel Ángel Mata Salazar, dice que “La mataviejitas vivió en un contexto sumamente violento y, debido a que en la actualidad existen cambios sobre todo a nivel interpersonal, se está en la búsqueda racional de sentidos y motivos de conducta, pero el entorno no los ha procesado porque no tenemos instituciones que le den cabida; por ello se cae en la indiferencia, aunque eso no significa que el problema no exista. Son problemáticas acumuladas; un individuo actúa sin analizar que ha sido objeto de procesos de cambio específicos, tal como decía Marx: La historia la hacen los individuos pero no son concientes de ella”.
El asesinato de dos menores en Nuevo León, por un joven de 21 años consternó a la sociedad por la manera en que fue cometido. En estos casos, el catedrático de la UNAM, explica que “debe considerarse como algo importante el manejo de la tolerancia a la frustración, pues si se está acostumbrado a tener todo sin mayor problema, en cuanto exista una barrera para alcanzarlo, pueden desencadenarse un estado emocional intenso, lo que provoca una descarga masiva de neurotransmisores”. Entonces si existiera una predisposición genética, un ambiente con abuso, intolerancia a la frustración y un componente circunstancial que provoca un estado emocional intenso. Es el caldo de cultivo perfecto para perpetrar un acto violento.
Sin noción de culpa
Los asesinos muestran serenidad porque no tienen noción de culpa. Pueden infringir la norma como la preservación de la vida sin sentirse culpables. En términos psicoanalíticos tienen un súper yo muy débil. “Pueden tener acciones reprobadas por la sociedad, ellos saben que no son correctas, pero no se sienten mal por ello; no hay remordimiento. El súper yo es la conciencia. Aunque su cabeza les diga que matar esta mal, no les provoca angustia. Es difícil que lo lleguen a desarrollar. No es una carencia total, pero generalmente es sentimiento de culpa es menor que el de la población común. Cuando sí ocurre una carencia total, los criminales son más desalmados, sanguinarios”, apunta González Oscoy.
Por otra parte, Mata Salazar dice que los asesinatos es muestra de una descomposición social a nivel de valores y creencias. A veces se cree que las características del delincuente es que sea pobre, mal educado, etcétera, pero también pueden ser resultado de un proceso de individualización extrema; se pierde el sentido de pertenencia, no sólo de una sociedad, sino que comienza a relativizar tantos valores y creencias. “Así, el individuo actúa de acuerdo a sus convicciones, que cree, son más importantes que las de los demás”.
El sociólogo explica que precisamente el individualismo genera pérdida de confianza en las instituciones, no sólo las de carácter normativo, sino como la colectividad. “Más que hablar de cómo se comete el delito, tiene que ver con el quebranto de la institucionalidad que se da en la sociedad. Esa ruptura se traduce en la ineficacia de ciertas instituciones y normatividades que a su vez generan desconfianza, incluso a nivel interpersonal”.
Según el Latinobarómetro, estudio de opinión realizado a en 18 países, el nivel de confianza interpersonal en Latinoamérica oscila entre 15 y 17 por ciento, lo cual significa que la gente no confía en el otro, “el individuo empieza a pensar más en sus propias capacidades o habilidades para resolver las situaciones que se le presentan, desde la propia sobrevivencia, hasta la defensa cuando otro individuo se le presente como un agresor”.
Violencia: creencias quebrantadas
“La violencia y la delincuencia es primeramente una debilidad del estado, no sólo como una institución de carácter normativo, sino como resultado de una colectividad que se dota asimismo de ciertas creencias, valores, y de las instituciones que le dan soporte a esas creencias. Los mexicanos no creen en las instituciones, por ello no se denuncian los delitos cometidos”, argumenta el sociólogo Mata.
La generación de violencia parece una crisis de autoridad, no sólo de la impuesta, sino visto como el consenso colectivo de valores, pero no se han reconsiderado los universos de dogmas, es decir cohesión social, la armonía en la convivencia. No es negativo que haya distintas creencias, sino que no son canalizadas a través de una armonización con las instituciones”.
Esto indica que cuando dichos valores se quebrantan, las posibilidades de convivencia se van reduciendo, eso genera indiferencia hacia el otro y la dificultad de actuar; porque un acto violento, dice Mata Salazar, es una llamada de atención para restituir el orden, y no de manera autoritaria.
Con este paradigma, podría explicarse lo sucedido en San Juan Ixtayopan, Tláhuac, el 23 de noviembre de 2004, cuando el poblado enfurecido, detuvo a tres elementos de la Policía Federal Preventiva. Dos de ellos murieron calcinados y otro resultó gravemente herido.
En Tláhuac, la gente actúo por indignación moral, provocada por la crisis de la institución de impartición de justicia. Este fue un valor social compartido, por eso actuaron por su propia cuenta. Sin embargo, “esa molestia es el resultado de la crisis institucional que tiene el Estado, aunque este lo conformamos todos y lo construimos desde nuestra voluntad”.
Daniel Arizmendi, el Mochaorejas , es clara muestra de resentimiento hacia el otro. Antes, los delincuentes robaban sólo la cartera, ahora tal vez asesinan por el resentimiento social de que el otro tiene lo que éste no. Además hay un desprecio por la vida, pues se vuelve un asunto de carácter pragmático.
Marx Weber decía que entre más avanzara la sociedad, más necesitaría de las burocracias y los especialistas para solucionar sus problemas en todos los niveles. Por ello estos acontecimientos “deberían ser tema de políticas públicas, pues aunque en apariencia son individuales, tienen carácter colectivo”, dice el sociólogo.
Ambos especialistas coinciden en que la genética no se puede modificar, pero el ambiente sí. Por ello se debe reaprender a manejar la emoción o en todo caso, modular la intensidad, ayudado por un profesional: médico, profesor, incluso hasta un ministro religioso, para responder de manera diferente a aquello que dispare la agresión. Además, enseñar la tolerancia a la frustración; pues como sociedad tenemos una incidencia directa en el aprendizaje. Eso nos puede ayudar tanto a prevenir como a explicar.
Finalmente el Mata Salazar reflexiona sobre el pensamiento de Thomas Hobbes, “quien decía que el Estado ha sido creado contractualmente para proteger al hombre de los demás hombres y que la única razón que le da sentido a que el Estado exista es salvaguardar la vida de un ser humano”.
Recuadros
A sangre fría
Dos hechos ocurridos, uno en Estados Unidos y otro en México, han sido pretexto para, incluso, escribir dos novelas importantes:
En 1959 Truman Capote relata en A sangre fría, un acontecimiento que estremeció a la sociedad norteamericana: el asesinato de una familia en Kansas. Con la extensa investigación, el autor logra armar la situación de los homicidas: familias disfuncionales, o sucesos que marcaron su vida y psique. Además, aún cuando enfrentaban un proceso penal, no mostraban arrepentimiento por el acto sanguinario. Así, han sucedido casos de asesinos seriales en todas partes del mundo.
En 1978, el político nayarita Gilberto Flores Muñoz y su esposa, la escritora Asunción Izquierdo, fueron asesinados a machetazos en su casa de la Ciudad de México. El doble crimen, en apariencia, se resolvió con el encarcelamiento de Gilberto Flores Alavez, nieto de la pareja y acusado como culpable. Este fue uno de los acontecimientos más sonados y morbosos de la crónica policiaca mexicana contemporánea y motivo del libro Asesinato, de Vicente Leñero.
Charles Manson
Nació en Kentucky en 1934. Hijo no deseado de una prostituta. Pasó su niñez y juventud en diferentes hogares; era un niño enfermizo, expuesto al alcohol, a drogas, prostitución y abuso. Cuando tenía 18 años, comenzó a cometer robo de dinero y autos. Fue encarcelado un tiempo, y tuvo que realizar trabajos en instituciones. En 1967 en San Francisco comenzó una comuna de hippies a la que llamó "la familia", que llegó a ser integrada por 40 personas. Manson siempre había tenido el sueño de ser estrella de Rock, pero el rechazo que recibió por parte de productores y otras personalidades, hizo que comenzara a odiar a gente con dinero, principalmente famosas. En 1969, cuatro miembros de la “familia”, asesinaron a un productor de discos apellidado Hinman, todo por órdenes de Manson.
El 9 de agosto 1969, Manson mandó más miembros de “la familia” a casa de Roman Polanski. Esa noche en casa se encontraba Sharon Tate, Abigail Folger, Voytek Frykowsky, Jay Sebring y Steven Earl Parent. Los miembros de la familia, los mataron.
Al otro día, Manson repitió su hazaña de manipulación, enviando a 6 miembros de su familia a casa del empresario Leno LaBianca y su esposa Rosamary, para asesinarlos.
Leno murió por 26 puñaladas y su esposa recibió 41. Manson y los miembros de la familia que resultaron inculpados, fueron condenados a muerte, pero tiempo después, la pena de muerte fue abolida en California.
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