Indígenas, entre el rezago y la y riqueza
En Chiapas y Tabasco se genera 39 por ciento de la energía hidroeléctrica del país, pero las comunidades que ahí habitan no son suficientemente abastecidas de agua potable; además, 44 por ciento de esa población vive en condiciones de alta marginalidad
Nayeli Roldán
El absurdo adquiere en México matices kafkianos: en Chiapas y Tabasco, por ejemplo, se encuentran siete plantas hidroeléctricas y se genera 39 por ciento de la energía del país. En el río Lacantún se concentra más de 30 por ciento del agua superficial de todo el territorio nacional, y la Reserva de la Biosfera de Montes Azules es la región hidrológica más grande de la República Mexicana.
En esa zona viven comunidades tzotziles, tzeltales, choles, zoques y tojolabales, entre otras. De ellas, siete mil localidades no tienen agua en sus casas; en otras tres mil, 75 por ciento carece del líquido. Con estas cifras se afecta a dos millones 800 mil personas. Cuatro de cada diez viviendas indígenas no tienen agua entubada, una de cada cinco no tiene energía eléctrica y siete de cada diez no tienen drenaje. El 44 por ciento de esa población vive en condiciones de alta marginalidad.
La presión sobre el recurso en las zonas centro y norte del país, las de mayor demanda y escasa disponibilidad, ha provocado sobreexplotación de las cuencas y acuíferos cada vez más graves. Según datos de la Comisión Nacional del Agua, la mayoría de los cuerpos de agua superficial del país reciben descargas de aguas residuales sin tratamiento lo que ocasiona una severa contaminación.
Esto genera problemas de salud. Mujeres, en su mayoría, padece hernias, consecuencia del acarreo del líquido durante largas jornadas. Asimismo, 85 por ciento de la mortalidad infantil es causada, entre otros factores, por ingerir agua de mala calidad.
Xóchitl Gálvez Ruiz, directora general de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, afirma que “la falta de tratamiento del agua, provoca la presencia de infecciones gastrointestinales y bucodentales, entre los pimas, yaquis, tepehuanes y mixes; amibiasis y ascareasis entre los purépechas. Las comunidades tzeltales y tzotziles presentan tracoma, y la carencia de drenaje contribuye a la generación de epidemias y enfermedades como el cólera y el paludismo.
“Otro factor de riesgo es la mezcla de plomo y arsénico con el agua, como el caso de la comunidad en la Montaña de Guerrero, o entre los huicholes que trabajan en las plantaciones de tabaco, que ha ocasionado anencefalia, cáncer, parálisis parcial o total, abortos espontáneos y meningitis”.
Aun cuando se ha beneficiado con servicio de agua y drenaje a más de un millón de indígenas, “se debe reducir el 30 por ciento de rezago, y seguir fortaleciendo el fondo de infraestructura básica para los pueblos indígenas que hoy alcanza los cuatro mil millones y si se mantiene así, tal vez en 10 años podrá hablarse de otra historia”, asegura Gálvez Ruiz.
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Para los pueblos indígenas no existen las fronteras, porque tienen las mismas carencias aunque sean distintos territorios. Luchan bajo los preceptos de que cada elemento de la naturaleza tiene una razón de existencia, y convive en armonía dentro del todo. Saben el comportamiento de cada uno por la enseñanza de sus antepasados y su propia experiencia. Llaman madre a la Tierra, su sangre al agua; padre al cielo y abuela a la Luna. Por eso hacen el llamado a regresar pensar en la naturaleza como principio de vida y no como forma de comercialización.
Los ríos, lagos y fenómenos meteorológicos que provocan la lluvia, nieve o granizo, forman parte de un universo cosmogónico y espiritual, el cual viven de manera cotidiana las sociedades indígenas. Los nahuas, están encargados de atraer o alejar el agua. Su función es proteger la cosecha de las granizadas y heladas. Según la tradición, ellos son elegidos por el rayo.
Los mayas realizan fiestas con los chacs, dioses de la lluvia, con la intención de propiciarla. Un sacerdote maya, especialista en plantas medicinales y conocedor de los cantos que llegan a los espíritus del monte, guía el ritual. Los mixes suben al cerro del Cuexcomate, que es el lugar donde habita el dador de vida, para pedir buenas lluvias y cosechas. Durante tres días, toda la comunidad hace plegarias y ofrendas para los dioses.
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Los pueblos indígenas reconocen la importancia de las pertenencias materiales porque nadie podría renunciar o vivir sin ellas, “pero también estamos concientes de que lo material no es suficiente, por ello reivindicamos los bienes espirituales. Así, tratamos de rescatar el valioso papel de la espiritualidad de los elementos de la madre naturaleza”, dice la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú.
“El agua es sagrada. Se debe partir de ese principio filosófico de respeto, de lo contrario no podrá existir equidad ni equilibrio con la naturaleza”, expresa Tom Goldtooth, representante del Foro Permanente para Cuestiones Indígenas en Estados Unidos. Los pueblos indígenas tienen una relación especial con la naturaleza, por eso son diferentes, y pueden educar a los ministros y a aquellos que quieren devaluar dicha relación.
Clarisse Johnson, originaria de una aldea de Navajo, asegura que “aún cuando vivimos en Estados Unidos, el 50 por ciento de mi comunidad no tiene electricidad. Nuestras tierras están siendo explotadas por necesidad de consumo global, no de subsistencia; pero la madre Tierra nos la da gratis, sólo tenemos que respetarla, y es lo mismo que le pedimos a los líderes del mundo”.
Sin importar que parte del mundo habiten, las comunidades indígenas coinciden en la premisa de que el agua está viva porque tiene su propio sonido, oraciones, rituales, canciones, es representada por dioses. Pero sobre todo, “el agua vive a través de la acción concertada que la mantiene viva, no de la gente que la mata”, dice la boliviana Nancy Yañez.
Aportación indígena
Los indígenas no pretenden ser el único instrumento de solución para el problema del agua, más sí piden ser tomados en cuenta y que los demás reconozcan la importancia del respeto, sobre todo, de la tierra en la que viven y sus recursos naturales, de lo contrario “nos envenenamos a nosotros mismos”.
Xóchitl Gálvez, dice que esto “pone a discusión la necesidad de reconocer las representaciones cosmogónicas y espirituales de las sociedades indígenas en torno al agua y sus posibles aportaciones a una visión más equilibrada para su uso y conservación (...) puede ser un factor complementario para las estrategias efectivas de desarrollo sustentable”. Además apuesta porque el resto de la población “escuche a los pueblos indígenas; que sepan que el agua es un bien sagrado, y tiene que ver con algo más que intereses económicos, significa el origen de la vida”.
Para José Javier Jiménez Sánchez, gerente de agua potable y saneamiento en zonas rurales de la Comisión Nacional del Agua, “el líquido es un derecho y no un favor; y debiera y sensibilizarse a la comunidad de abajo hacia arriba”. La dependencia también refuerza la idea de que la solución de los problemas hidráulicos en el ámbito local, tienen que considerar “los factores propios de las zona, como la evolución histórica, idiosincrasia y condiciones climáticas. Por tanto, la participación de los usuarios es fundamental”.
Raúl Hernández, director general de Alternativas y Procesos de Participación Social A.C., dice que “nadie, ni los pueblos indígenas podrán llegar a soluciones si no se cambian los patrones, criterios, modelos y cosmovisión de cómo funciona el agua; porque ni siquiera el dinero alcanzaría para acabar con los rezagos”.
“El conocimiento tradicional de los pueblos es visto como algo inferior en los sistemas políticos, legales y científicos, y sus argumentos son menospreciados una y otra vez por diversas instituciones”, (…) pero “tenemos que trabajar comunidad por comunidad, municipio por municipio y, en unos años se podrá ver el cambio. Es lento pero las dependencias nos tendrán que escuchar”, concluye Gálvez Ruiz.
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